jueves 19 de noviembre de 2009

Sueño A

He oído en algún informativo que un 7% de la población ha pasado ya la gripe A y que un 3% también ha estado en contacto con el virus, pero no ha manifestado la enfermedad o lo ha hecho de modo muy leve y ni se ha enterado. Está claro que mis nenes están dentro del 7% y creo que servidora en el 3%. Porque a estas alturas, con la gripe cercándome y los bichitos sueltos por mi casa, debería estar mu mala. Y nada, aquí estoy tan ricamente, suministrando ibuprofenos, paracetamoles, jarabes y demás potingues a todo trapo, y a toda hora, sin el menor signo de infección gripal. Porque el sueño no se cuenta como síntoma, ¿no?

domingo 15 de noviembre de 2009

Excursión

Hubiera estado bien salir de excursión este domingo cálido y agradable. Pero los virus se resisten a abandonarnos. Adoran al pequeño. En el fondo, los entiendo. Yo también lo adoro.
Hemos transformado la excursión en una pequeña salida. De casa al jardín. El trayecto ha sido corto, pero igualmente gratificante.



jueves 12 de noviembre de 2009

12 de noviembre

Si no hubiera sido de temperamento impaciente y cagaprisas, ya desde antes de nacer, habría llegado al mundo unos 40 días más tarde, que era lo que tocaba. El caso es que acabé aterrizando antes de lo previsto en este mes gris de cementerios, fríos traicioneros y resfriados. Además del propio carácter, debió influir en el adelanto el que con anterioridad hubieran pasado por el mismo trance y canal de parto tres hermanos y que mi madre trajinara cada día, sin descanso, con tres niños pequeños en casa y cuarenta y tantos en la escuela. Sí, seguro que eso debió influir lo suyo.

Yo ya nací pequeña de tamaño y el tiempo ha respetado, con las inexorables variaciones, la idea original. Como recien nacida, mi peso sería considerado ahora escaso, pero relativamente normal. En la década de los sesenta, sin embargo, la media debía estar en los cuatro kilos, y esa debía ser la cifra reglamentaria para decir de forma concluyente e inequívoca: “el chico ha nacido criado”. Quedé muy lejos del peso medio, así, que aun sin necesidad de incubadora, yo no nací criada, sino prematura y pequeña. Eso sí, como una medallica, en palabras de mi abuela, aunque ya se sabe que las abuelas, por el simple hecho de serlo, quedan exentas del don de la objetividad. Para mi abuela primero fui una medallica y después canela en rama, morena salada... y siempre, siempre, fui su monsecica.
La genética se salta caprichosamente las generaciones y lo cierto es que la herencia de mi abuela fue mucho más abundante y sustancial que la de mi propia madre. Hubo transferencia directa en mucho del carácter, en la locuacidad, en el instinto cantarín y bailarín, y clonación completa en algunos rasgos, sobre todo en los ojos. Seguramente por eso, también la hubo en la manera de mirar las cosas.
Venir al mundo en noviembre fue la primera contradicción de mi existencia porque, de natural friolera y espíritu tropical, debería haber nacido como mínimo en mayo, o mejor aún, en pleno verano y en alguna latitud de esas que siempre tienen a mano palmeras, cocoteros, salsa y meneo corporal. Para aminorar el despropósito, el calendario situó el evento en el veranillo de San Martín, que no deja de ser una engañufla, porque de verano tiene más bien poco como su propio diminutivo indica.

Si no hubiera sido de temperamento impaciente y cagaprisas, también después de nacer, quizás la vida hubiera dado otros giros porque habría sabido esperar, convenientemente, a acontecimientos, decisones y encuentros. Pero cuando se es de natural irreflexivo y visceral la palabra esperar suele aparece al final del diccionario, con un aura de lejano y desconocido. El tiempo no cambia a las personas, no en lo esencial, pero sí da una cierta perspectiva, suelta cuerda y permite recolocar los acontecimientos y las prioridades al margen de las cronologías y las urgencias. Se tiene, entonces, un sentido más completo de los hechos vividos, los trascendentes y los pequeños. Y aprende una a dar valor a cosas como, por ejemplo, los deseos de felicidad que llegan del exterior, aunque en determinadas fechas formen parte de las convenciones sociales. Pero, precisamente la edad, permite distinguir los deseos sinceros de los simples trámites.
En buena medida, ser feliz es sentir que alguien desea de corazón que lo seas, saber que alguien ha decidido, al empezar el día, que te lo hará saber de un modo u otro. La felicidad debe ser éso y también otras muchas cosas como las que Cristina Peri Rossi describe con precisión y belleza en el poema La alegría de vivir. Cristina Peri Rossi también vino al mundo un día como hoy. Una coincidencia intrascendente, sin duda, pero que hace que me reconcilie un poco con este mes y este día en el que no me tocaba nacer.

La felicidad es esto:
caminar contra el viento
saludar a desconocidos
no comprar comida
(la felicidad es el alimento)
ser espléndida
como el viento gratis que limpia la ciudad
como esta llovizna repentina
que me moja la cara
me resfriaré
pero a mí que me importa.

Fragmento de "Alegría de Vivir". Cristina Peri Rossi

lunes 9 de noviembre de 2009

Hipocorísticos

Escuché muchas veces a mi abuela pronunciar esta frase: "Me robaron la escuelica". La oí muchas veces explicar cómo le gustaba ir a aprender. 70 años después, aún recordaba que su maestra se llamaba Primitiva. Yo también lo recuerdo porque mi abuela me había contado en más de una ocasión ese episodio que ella vivió, como tantos niños, y sobre todo niñas, en las primeras décadas del siglo pasado. Escolares que fueron sacados literalmente de las aulas para trabajar, para hacer tareas domésticas... Mi abuela hubiera querido seguir en la escuela y se sentía orgullosa de haber tenido tiempo, al menos, de aprender a escribir y a leer. Escribía con cuidado, poniendo todos los sentidos en cada letra, como si se tratara de un ritual cargado de trascendencia. Leía, aun siendo muy mayor, libros enormes que iba consumiendo con paciencia y atención, muy lentamente.
Me he acordado de todo esto empezando a leer la última publicación del Museo Pedagógico de Aragón "Hipocorísticos. Ochenta y cuatro crónicas sobre Educación de Personas Adultas en Aragón", sobre las historias personales y particulares de hombres y mujeres que acceden a Centros de Educación para personas Adultas en Aragón. Para muchas de ellas es la segunda oportunidad, para otras, la primera, de ver restituído ese tremendo hurto: el de la educación.
Estoy segura de que también a ella le hubiera gustado que le devolvieran la escuelica.

En la presentación del libro, escribe Víctor Juan, Director del Museo Pedagógico de Aragón:
"...Pero por encima de todo, la educación consigue despertar la conciencia de que es posible aprender y hacer realidad, en cualquier momento, nuestros sueños".

viernes 6 de noviembre de 2009

Bird on the wire

No hace falta volar constantemente. Quizás el pájaro también se sienta libre disfrutando del atardecer sobre el cable que cruza el cielo.

Oh like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free.

domingo 1 de noviembre de 2009

Naturaleza viva

Siendo primero de noviembre, hemos decidido honrar a los vivos: los árboles, los pájaros, los montes. De excursión, la naturaleza viva nos ha regaldado sus hermoso vestuario de otoño con todas las gamas posibles de verdes, amarillos, naranjas, rojos...






Hasta las hojas secas sembraban de color el suelo

viernes 30 de octubre de 2009

No estar, no existir

Supongo que nada te retiene en un lugar hasta que no tienes muertos enterrados en él. Yo no tengo muertos en esta ciudad y espero no tenerlos. O no verlo, al menos. Mis muertos están en otros lugares. En realidad, todos mis muertos, los de verdad míos, están en el mismo cementerio, en uno de ésos que tienen lápidas con fotos ovaladas que permiten a sus vecinos aún vivos reconocer a sus propietarios y decir al pasar: -Mira la Vicenta, ¡qué guapa era!, y ahí está su chico, que murió de accidente, pobrete. Y ves esas imágenes desgastadas por el paso del tiempo y las modas y recreas una historia cercana que no ha caído aún en el olvido. Y no lo hará hasta el día en que desaparezca el último vecino capaz de recordarla y de explicarla al cruzarse con la lápida el día de Todos los Santos.

Aunque paso por delante de sus muros a diario, nunca he entrado al cementerio de la ciudad en la que vivo.  En esta ciudad de clima cálido y aire sereno, los muertos no ven desde sus nichos cómo el cierzo arranca las flores de los jarrones y congela el llanto de los que se despiden de ellos. Así son las despedidas. Así son las mías, al menos. Con lágrimas tan heladas que queman el rostro.

Yo no tengo muertos en esta ciudad. Y espero no tenerlos. O al menos, no estar ya para verlo.

martes 27 de octubre de 2009

Jabier Muguruza o la reivindicación de la ternura

Jabier Muguruza ha sido para mí un descubrimiento tardío. Sabe mal no haberlo podido disfrutar antes, pero la fortuna es haber dado con él finalmente y poderlo incorporar a la banda sonora particular. Supongo que, como en casi todo, lo importante no es el orden de llegada sino que lo que llega, cuando quiera que sea, nos conmueva. Y a mí las canciones de este hombre me conmueven, incluso antes de entender sus letras que intento encontrar traducidas. La mayoría están en su página web: http://jabiermuguruza.net/.
Dejo aquí dos hermosas canciones de ésas que se sienten cálidas y cercanas como un susurro en el oído, como un aliento suave que va meciendo el corazón.
La primera es Maite zaitut, ez del disco Abenduak, 29. Escribió en su día sobre ella Javier Ortiz: “hay en Maite zaitut, ez (letra de Kirmen Uribe) una preciosa reivindicación de la ternura a la vez que una pregunta sobre el por qué de lo que Jabier llama la anorexia afectiva de los vascos, cuando se explica la historia de aquel obrero de los Altos Hornos al que le habían secuestrado los sentimientos y que nunca fue capaz de pronunciar un “te quiero”.
La segunda, Tan petita, es una canción sobre un poema de Maria Mercè Marçal del ciclo que la autora dedicó a la maternidad y que forma parte del poemario “La germana, l'estrangera”. Jabier Muguruza la ha incluído en su último disco Taxirik Ez.



miércoles 21 de octubre de 2009

El kilómetro asesino

Cuando te da por correr (aunque sea sólo un poco) en algún momento del trayecto llega el kilómetro asesino. Podría ser el kilómetro tonto, o de pájara, pero a mí me gusta llamarlo el kilómetro asesino. Es ese trozo del recorrido en el que crees que no podrás, en el que dudas de las propias fuerzas.
El kilómetro asesino en mi correr habitual me pilla de vuelta, con más de la mitad del trayecto hecho, y de subida, claro. Luchas contra él compensando la flojera echándole pitera y diciéndote "p'alanteeee!". Una vez superado, todo parece más sencillo aunque vuelva a haber cuesta.
Supongo que en el trayecto de la propia vida damos con un kilómetro asesino (o unos cuantos) que nos tienta con dejar de correr, sentarnos en un recodo, rendirnos. Somos libres de decidir qué hacer, incluso rendirnos si queremos, pero personalmente me aplico la receta: rasmia y p'alante. Cuando se echa la vista atrás, el kilómetro asesino se ve cada vez más lejano. Se ve con la satisfacción de haber podido con él, de ser más fuerte gracias a haber superado el momento amargo y con la convicción de estar en condiciones de poder con cualquier otro tramo difícil que se ponga por delante.

Para correr me calzo las deportivas y también Mallacán en el mp3. Como que corro más. Bueno, igual lo mismo, pero con más ánimo.



Encara quedan os suenios...
Asti bibo yo,
y asti moriré.
En iste lugar,
asti soniaré!

viernes 16 de octubre de 2009

Canción de viernes

Mi alma perdida, de Amaral, en versión acústica.