En medio de este inmenso barzal que nos toca habitar, crecen moras dulces y jugosas. No dejaremos de buscarlas, aunque nos cueste algún rasguño
martes, 29 de enero de 2008
Ayer pude recoger "Amarillo" de la librería donde lo había encargado. Antes de acostarme ya lo había terminado. Hecha una mierda. Así me he quedado. Creo que aún sigo así, a ratos. Y necesito explicar por qué, sin pretender -que ni sé, ni podría- hacer algo parecido a una reseña o una crítica. Se trata más bien de una necesidad fisiológica. El caso es que en "Amarillo", Félix Romeo nos ha estampado en la cara el suicidio de su amigo y compañero de piso Chusé Izuel, cuando éste tenia 24 años, en 1992, y se arrojó del quinto del piso que habían compartido estudiando en Barcelona. Nos lo ha estampado con toda la violencia y la crudeza que sólo es posible cuando el hecho que se relata es así de crudo y así de violento. Y el modo como lo ha hecho es también el más duro, por directo y por carecer de intermediarios.
Nos ha puesto a leer las entrañas de Izuel: sus reflexiones, sus entrevistas, su relatos, y, queriendo o no, nos ha llevado a encontrar una explicación, que seguramente es lo que más necesitan los que sobreviven a un suicida. Entre otras cosas, para poder descargar la losa que se arrastra y el sentimiento de culpa por no haberlo podido impedir.
Ni por el interminable dolor que supone ser abandonado por el ser amado, ni por una influencia estético-intelectual, ni por las flaquezas psicológicas. O tal vez no sólo por ello. Con toda modestia y si ánimo de inmiscuirme en terrenos ajenos, aproximándose a los pensamientos de Chusé Izuel, se llega a la conclusión que se suicidó por lo que deberíamos suicidarnos todos: por pura coherencia. Y contra ese acto consciente, libre y maduro no hay margen de maniobra, nada que pueda evitar lo inevitable. Así que la culpa no tiene sentido ni cabida. Recriminarse no haberlo percibido a tiempo, tampoco.
¿Quien no ha pensado en quitarse la vida alguna vez?. Son esos suicidios adolescentes. Los que sí cometen a menudo, más de lo que las noticias reconocen, los chicos de 15 años, por desamor o porque el mundo les resulta demasiado pesado. Pero los suicidios adolescentes de la edad adulta no se cometen. Sólo se elucubran. Son los suicidos "para joder", o más finamente, para hacer sufrir a los que nos han hecho sufrir. Una especie de ejercicio morboso de venganza que se queda en un puro goce imaginario. Con efectos terapéuticos, sin duda, pero sin llegar a traspasar la linea que divide lo imaginado de lo real. Así nos hemos suicidado casi todos en algún momento de nuestras vidas. Hay mercado y productos para ese estado anímico, como para casi todos los demás. Los chicos del quiosco de la Facultad de Periodismo de la Autónoma, en Bellaterra, tenían hace unos 20 años entre los más vendidos un libro sobre maneras de suicidarse limpias y asépticas con fármacos adquiribles en la farmacia sin necesidad de receta. Aún tengo el mío por alguna estanteria. Es el suicidio de los supervivientes, el que nunca llega a perpetrarse.
Los supervivientes -la mayoría de nosotros, por suerte para las morgues y cementerios, y para familiares y amigos- no nos suicidamos. Los supervivientes sobrevivimos. Y lo hacemos gracias a que somos animales. Por un estricto instinto de conservación. Nos viene del mono.
Ante la realidad de nuestros fracasos y la destrucción de nuestros sueños y deseos, dejamos de lado la razón y la evidencia, que nos conducirían a un final trágico, y nos aferramos al instinto de supervivencia. Lo llevamos practicando desde pequeños. Desde la primera traición, desde la primera delación escolar para evitar el castigo del profesor. Vamos asumiendo derrotas y renuncias, camuflando debilidades y cobardías. No nos arrojamos al vacío. Sólo suicidamos nuestros sueños y nuestros principios. Y con lo que nos queda seguimos viviendo. Pero cuando el individuo abandona su pasado animal y se torna plenamente racional y coherente; cuando la razón sobrepasa al instinto, el acto suicida resulta inevitable. (Quizás ése fue el suicidio de Chusé).
El superviviente puede tener raptos kamikazes que el instinto de conservación sabe restituir rápidamente. Un trocito más de alma precipitado al vacío a cambio de continuar sobreviviendo.
He pensado en todo ello leyendo, sufriendo, y también llorando con este libro tremendo de Félix Romeo. Quizás más predispuesta porque en el 92 también yo tenía 24 años, verdades absolutas, sueños y principios. Quízás, porque también estudiaba y me reconcomía en una Barcelona preolímpica, ahora tan lejana. Quizás, porque he buscado alguna vez por sus calles los trocitos que percipité al vacío desde algún balcón para poder seguir sobreviviendo. Quizás, porque en esta ciudad que habito tampoco llueve apenas y hay días en que todo parece adquirir un desasosegante tono amarillo.
miércoles, 23 de enero de 2008
Se me acumulan los deberes, gozosos y voluntarios, que conste. Tengo en la lista de espera de lecturas unos cuantos libros: "Amarillo" de Félix Romeo (en camino después de encargarlo), "Demolición del arco iris" de Petisme, en cuanto salga, que será la semana que viene, y "Claro interior" de Ángel Guinda que ya le tenia ganas pero más ahora después de haber leído los comentarios de Romeo en el Heraldo (bueno, en el blog de Antonio Pérez Morte, reproduciendo su artículo publicado en el Heraldo) . Y después tengo los que me voy pillando de la biblioteca. No doy abasto, ¡qué gustazo!, y con mis gafas nuevas para leer. Y lo bien que veo, y además con un poco de diseño ocular, que ya me convenía. Monismas las gafas, oye. Aún apetece más leer.

martes, 22 de enero de 2008
Había hoy una luna llena preciosa, enorme, redonda, brillante y lorquiana. Con su polisón de nardos. La segunda foto, que es la mía, no le hace justicia. La cámara y la fotógrafa no dan para
más. La luna llena de esta noche se parecía más a la primera, del google imágenes. A las 7 de la mañana ya la he visto, me seguía por el parabrisas trasero del coche. A las 7 de la tarde la seguía yo, camino de casa. Me han dado ganas de gritarle "huye, luna, luna, luna...".
lunes, 21 de enero de 2008
Los auténticos peligros del monte tienen forma humana. Disfrazada, pero humana. Este domingo decidimos ir al monte, ni muy alto, ni muy lejos, ni muy dificultoso. Así que en principio, y con el tiempo acompañando, todo estupendo, ¿o no? Queríamos ver una encina milenaria, magnífica, hermosa, pero acabamos por no verla. Según unos abueletes del pueblo más cercano, la encina en cuestión está en una zona privada y el propietario no gasta muy buen humor. Así que decidimos no arriesgar, que tampoco era cuestión de que nos encorriese un payés cabreado por entre los campos de avellanos, por muy majo que fuera el árbol, que no lo dudo.
Pensamos que no era ello obstáculo para seguir disfrutando de un día de excursión, viendo el paisaje y los pinos. Pero entonces empezaron a acechar los peligros. ¿Cazadores? los que quieras. Ver a un tío con un arma en ristre y chaleco de camufaje intimida de por sí, pero ver a una docena y además con cara de tener antecedentes ya es más preocupante. Empiezas a pensar que si se equivocarán y te tomarán por una liebre o un jabalí y no puedes caminar sin cierto recelo y preocupación. Cuando parecía que nos habíamos alejado del peligro, vinieron los otros. Los de las bicis. Si el trayecto pilla de bajada los ves zumbando a tumba abierta a sólo unos centímetros de tu ser. He pasado menos miedo en las calles de Amsterdam, que debe ser la ciudad con mayor índice de homicidios imprudentes por atropello con bicicleta.
A lomos de una de bici vi a un conocido. Un ex-jefe, ¡qué mala suerte!, con lo grande que es el monte... En realidad me vio él a mí, porque el hombre iba irreconocible. Llevaba encima todos los artículos del pasillo de "bicicleta de montaña" del Decathlon. Sin faltar ni uno. No puede evitar comentarle que asustaban tantas bicis y a tanta castaña. ¡Ah!, me dijo, es lo de menos. Lo peor son los de los quads. Y, cómo no, también vimos unos cuantos derrapando a todo decibelio por los caminos. No sé si fue por la tensión o por el cambio de presión, pero bajé del monte con la migraña clavada en el ojo izquierdo.
Lo mejor, sin duda, los bocatas de tortilla que nos zampamos en familia y las canciones que nos echamos a pleno pulmón, liberando adrenalina.
A ver si en la próxima salida hay más suerte y no nos encontramos con los Action man en sus versiones cazador, piloto de quad y mountain-bike...a poder ser.
-Mamá, me dijo el mayor subiendo a todo volumen la radio del coche..¡Amaral! Y nos pusimos a dúo a cantar como posesos "Resurrección", aunque siempre me invento la letra y me corrige.
viernes, 18 de enero de 2008
El correo digital publicaba hace unos días una entrevista con José Antonio Labordeta, repasando lo vivido en estas últimas legislaturas como diputado de
Pero tampoco es nuevo. Siempre, junto al Labordeta de la exaltación, de la reivindicación, o de la ternura ha caminado el Labordeta de la crítica y la autocrítica cáustica, realista y desacomplejada. Sinceridad a quemarropa. Casi un exotismo en estos tiempos.
martes, 15 de enero de 2008
Leí ayer en una entrevista de la contraportada de La Vanguardia lo que hace tanto tiempo que experimento: que los sonidos en general y la música, en particular, son la mayor fuente de emociones para el ser humano. Que tienen “más poder asociativo, empático o sugestivo que la imagen, el gusto o el tacto”. Seguramente no hacía falta una compleja investigación para llegar a esa conclusión, pero ahora lo afirma con razones y pruebas científicas un investigador sueco que estudia la relación entre música y emociones. Y supongo que lo podemos corroborar empíricamente muchos mortales. (La entrevista sólo es accesible para los suscriptores de La Vanguardia, pero alguien la transcribió a tiempo en este blog. Gracias, amigo desconocido. Leer aquí la entrevista).
Personalmente, no sé qué haría sin la música y sin las canciones. El bueno de Patrik Nils Juslin, que es el estudioso en cuestión, dice que una melodía que escuchamos una vez con unos amigos, por ejemplo, nos vueleve a provocar las mismas emociones al oírla nuevamente, aunque los amigos ya no estén.
Y sí, la música evoca emociones vividas, imaginadas o soñadas y además es capaz, como ninguna otra cosa, de dibujar los paisajes del alma. Ésos que unos días amanecen luminosos y otros amenazados por la tormenta. De ahí, seguramente, que en función del momento y de las experiencias, haya músicas que nos alegran, que nos relajan o que nos entristecen profundamente. Hay algunas que te obligan a danzar y a moverte compulsivamente y que te llenan de un gozo inexplicable. Hay otras – en cambio- que te ablandan, que te ponen nostálgico o que te apenan. También las hay que combinan emociones contradictorias: de tristeza y alegria, a la vez. Incluso diría, con permiso del investigador sueco, que hay una cuarta categoria: las melodías que sencillamente intentas evitar, más que nada, porque no sabes a ciencia cierta si el corazón resistirá la descarga emocional que generan. Así de poderosa es la música y así de débil la condición humana.
Mi particular repertorio de canciones que se incluyen en esa última categoría va creciendo. Y ahí están las pobres, sin poder sonar, esperando a ver si llegan tiempos mejores y no me las salto con el “avanza” y el “retrocede” del reproductor de música.
Ésta la tuve proscrita una larga temporada. Y aún ahora es de las que más me emocionan. Con la misma intensidad que cuando la escuché -exactamente esta misma interpretación- en directo, hace 23 años. ¡¡¿Tantos?!!.
No debe ser verdad que con la edad te endureces y te vuelves menos sensible. Yo, como que me noto cada día más blandengue, y con el lagrimal más suelto.

| Senzillament se’n va la vida, i arriba | Sencillamente se va la vida, y llega |
| Serenament quan ve l’onada, acaba, | Serenamente, cuando viene la ola, acaba, |
| Així només, em deixo que tu em deixis; | Sólo así, te dejo que tú me dejes. |
| Sovint és quan el sol declina que el mires. | A menudo es cuando declina el sol que lo mirasél pesaroso sabe que si mengua lo quieres. |
| Només així, em deixo que tu em deixis; | Sólo así, me dejo que tú me dejes. |
“Un núvol Blanc” fue compuesta por Lluís Llach a la muerte de su madre
domingo, 13 de enero de 2008
Leo estupefacta en el diario Público que una trabajadora del metro de Madrid ha sido rechazada para ocupar el puesto de taquillera para el cual había superado las pruebas pertinentes. La razón (la sinarazón) es que la mujer había padecido y superado un cáncer de mama, pero no se puede considerar apta hasta pasados cinco años de la enfermedad. Espeluznante. Leer la información completa aquí
Por lo que se ve, en este mundo se puede superar la enfermedad, incluso plantar cara a la muerte, pero no se puede vencer a la cerrazón y a la estupidez propia de nuesta especie. Las razones empresariales, en las que los seres vivos son sólo generadores de rendimiento económico, llevan a establecer normas que contradicen la lógica y la dignidad humanas. Creo que los que dictan, defienden y aplican esas razones y esa normativas deberían ser repudiados moralmente, avergonzados públicamente, y reprendidos legalmente.
¿Desde cuándo haber superado una enfermedad inhabilita?. De ahí a pedir análisis de sangre y admitir sólo a los más fuertes hay un camino bien corto. ¿Acaso hay ciuadanos de rangos diferentes según su historial médico?, ¿Son alfa los mejores y más capacitados, y después vienen los demás, como en “Un mundo féliz de Aldous Huxley”? O peor aún, ¿hay que evitar a los “débiles”?.Ya hubo quien puso en práctica su exterminio en el capitulo más vergonzante de la historia de la condición humana. O reaccionamos ante cosas así o seremos cómplices de futuras aberraciones. Y mientras, los políticos y los telediarios analizando estética y semióticamente la letra benemérito-cateto-vomitiva que se han inventado para el himno España … ¡Dios, qué ganas le dan a una de exiliarse!.
Se empieza por rechazar a personas que han estado enfermas y se acaba por esconder debajo de la cama el cadáver de un olvidado.
http://www.youtube.com/watch?v=QeV4jgwRs2w
Ángel Petisme - Los olvidados
miércoles, 9 de enero de 2008
Como los indios lejos de la reseva, nos reconocemos entre nosotros. Es cuestión de segundos. Un deje, una expresión, una leve entonación, y sobre todo una manera de abordar la conversación, de tratar a las gentes y de mirar. Después de saludar al oculista y cruzar las primeras palabras conté el tiempo que tardaría en preguntar: - Con ese apellido, debes ser de Aragón, ¿no?. Tardó unos 10 minutos. Es la espoleta. En seguida repasas los pueblos y los lugares geográficos del árbol genealógico más inmediato.
-¡Ah!, todos de la zona de Zaragoza. Yo de Huesca.
-Así, fato, pues.
-Sí, sí, fato.
-Pues se te nota el origen en el hablar, me dice
-Supongo que no se pierde nunca, contesto.
Se relaja una mientras el hombre pone más cristales y más gafas ortopédicas, ahora en un ojo, ahora en otro. Se sueltan expresiones comunes, se ironiza al estilo del país: autodestructivamente, y le sabe mal a una despedirse, aunque el hombre ratifique la sospecha de que hay menos vista y, la que hay, más cansada. Se queda el buen cuerpo de un feliz reencuentro. Como si hubieras topado con un ser del mismo planeta que tú a 10 millones de años luz del lugar donde ahora vives, y no con alguien de la comunidad limítrofe, a sólo 2 horas y poco más de coche. Al final, última concesión al paisanaje:
-Bueno, encantado y hasta luego.
-Hasta luego.
Sales de la consulta y te parece que las calles son algo más acogedoras, más cercanas. En esta ciudad también hay de los míos. Están por ahí con los codigos comunes, el humor franco y punzante, el gesto amable y el alma transparente. El día que reconoces a alguno de ellos te parece que no estás tan lejos de los tuyos.
La Ronda de Boltaña, en “Mermelada de moras”, convirtió en canción ese sentimiento que tantos aragoneses emigrantes vivieron al dejar su hogar y su familia para enraizar en el país vecino, en ciudades como Barcelona y su entorno más inmediato. Una nostalgia permanente y a la vez una clara conciencia de pertenecer y amar, también, a la tierra donde vieron nacer a sus generaciones posteriores. A veces creo que, como el carácter, o el color del pelo, ese sentimiento también se hereda. Se lleva en el código genético .
No sé si, de no haber existido esta canción, existiría este blog. Lo que es seguro es que no se llamaría igual.
martes, 8 de enero de 2008
Siempre nos quedará
Sin ir más lejos, nuevos discos, nuevos libros…como el último de poesía de Ángel Petisme: "Demolición del arco iris". Está al caer. Aunque dondo yo vivo lo tendré que encargar y me llegará una semana más tarde. Tanto da. Esperaré esperanzada. O como el último disco de Carmen París. Inhalado en Cuba, impregnado de nuevos ritmos caribeños y a punto de ver la luz, según anuncia Aragón Musical. Espero impaciente. Entretanto, para empezar a acostumbrar el paladar, me recreo con uno de sus temas de sabor transoceánico incluído en su “Jotera lo serás tú”. Un estupendo candombe uruguayo, para goce y disfrute del cuerpo -triste o alegre, propio o ajeno- que irremisiblemente se tiene que contonear al oírlo.
Carmen París - Cuerpo Triste
Sobre tristezas y felicidades,
la encontré más alegre,
más animada,
“¿Cómo ha sido?” le pregunté.
“He aprendido a ser feliz
con las pequeñas cosas”, me comentó.
Sobre la mesa del café
había un vaso, un par de tazas,
un servilletero y un paquete de cigarros.
Los miré atentamente.
Ninguna felicidad se desprendía de ellos.
“¿A qué te refieres?”, insistí.
“A las pequeñas cosas” repitió.
Cuando se fue
pensé que quizás
había cosas mas pequeñas que el vaso
de agua
la taza
los cigarrillos.
Metí la mano en mi bolsillo
Y no encontré ninguna.
(
sábado, 5 de enero de 2008
El vecino de al lado, el típico vecino de urbanización que tiene plantada la hormigonera todo el año, ha atravesado su territorio y ha invadido el nuestro. Nos pidió permiso antes, pero ya estaba escrito que venía. Ha puesto una arqueta en la zona de desagüe común de las dos casas (pareadas), la suya y la nuestra. Para evitar que se atasque, dice. Como resulta que el trozo de tubería en cuestión está en nuestro lado ha venido con sus herramientas y sus complementos de madelman-lampista y ha hecho la obra.
En esta urbanización si no tienes una radial, una hormigonera, o unos sacos de cemento, eres un bicho raro. Y eso somos. A veces creo que nos miran mal por cuidar, abonar, regar y cortar la hierba en una superficie preciosa que ellos sólo pueden imaginar embaldosada u hormigoneada.
La grama amarillea un poco, pero el jardincillo, con sus flores, sus marquesas y sus setos, resiste bastante bien el invierno, y creo que eso les jode bastante. Esperarían verlo morir para poder soltar la frase que llevan guardando tanto tiempo: "no, si ya te lo dije, demasiado trabajo para nada. Mejor lo embaldosas". Pero el reino vegetal, por suerte, aún está de nuestra parte.Y los productos químicos anti mosca blanca y otros parásitos, también. Los críos lo agradecen. Juegan a fútbol, se revuelcan y se ensucian de verde y marrón. A veces descubrimos al hijo del vecino de al lado mirando por entre la hiedra que cubre la reja que separa las dos casas. Mira con envidia recluído en su universo de gres y cerámica.
Los chicos pronto volverán al cole. Recogida a las 4,30 y a las 5,00, respectivamente. El desfase de la sexta hora entre los preescolares y los de primaria me mata. Entablo conversación con un par de madres, las pocas con las que hay alguna cosa a compartir, aunque sea siempre sobre niños.
Resulta que son las únicas que coinciden en no ver muy necesario una salida escolar al chiquipark, y que también se echan las manos a la cabeza porque los autocares que llevan a los niños de excursión aún no tienen cinturón de seguridad en los asientos. Eso nos une, pero no conversan sobre otra cosa que no sean los hijos, sus avíos, su eduación o sus cuidados. A veces me agotan. Y no me las imagino hablando de otros temas como sus placeres, sus deseos, o sus frustraciones. - ¡Uy!, ya sale el mayor. Nos despedimos. Hasta mañana.
Desde que el reproductor de CD está en la cocina, me gusta más ese espacio de la casa. Pero no porque me llame ponerme con los fogones. Lo del gusto por cocinar no llega por ósmosis. Continúa sin hacerme gracia pringarme, ponerlo todo perdido - que pena, tan impoluto como estaba- que el sofrito se impregne en el pelo como "eau de cebolla" y que después todo se degluta en un plis plas y, venga, a recoger y a limpiar. El mito de Sísifo se inventó en una cocina. Guisar, primero, limpiar encimerasy fogones, después. Eso unos ocho millones de veces a lo largo de la vida. Se me ocurren mil cosas más interesantes que cocinar. En la propia cocina, incluso: leer, escuchar música, dejar la mente vagar por la nada... Y eso hago salvo cuando ya es inevitable. Supongo que cocino, lo justo, porque hay quien espera el plato en la mesa. A mí me bastaría con las tortitas de maíz, (ésas que han inventado con aspecto de porexpan, pocas calorías y sabor a palomitas), la leche de soja y alguna galleta príncipe de las que se desayunan los críos. Y no quedo nada bien, porque ahora hasta los más modernos, los post-hippys y los macrobióticos alardean de sus capacidades culinarias y de lo bien que les sale tal o cual plato. Por suerte en casa hay quien sí tiene cierto gusto por la cosa y nos salva del tedio gastronómico los fines de semana.
La mesa de la cocina se ha convertido para mí, últimamente, en el mejor santuario de lectura. Llevo varios libros empezados y acabados, en ese mueble del Ikea de pino teñido, al que se le van haciendo muescas y rayas que dejan ver el color original. Antes me gustaba más leer en la cama, pero ahora llego demasiado cansada para sostener el libro. Y se está tan bien a oscuras en ese ratito que precede al sueño. El único momento en el que eres consciente y capaz de saborear el descanso, la suavidad de las sábanas y del cojín, mientras los pensamientos van languideciendo hasta que enmudecen. Y el sueño vence, dulcemente.
En la mesa de la cocina, con la lavadora de fondo musical, leí ayer algunos poemas de Cristina Peri Rossi
Enfermedad
El médico me preguntó
en qué parte sentía malestar.
"De aquí, del lado de la vida",
le dije,
y no señalé ningún lugar.
Futuro
Me hubiera gustado mucho
vivir en el siglo venidero
cuando la felicidad
sea una menuda píldora
a ingerir
antes de las comidas.
Adicción
No, no quiero drogas.
Desde pequeña
sé intoxicarme sola.
(Poemas del libro Aquella noche. Ed. Lumen, 1996)
Distancia Justa
En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.
("Otra vez eros" 1994)
jueves, 3 de enero de 2008
Propósitos y año nuevo
Así, que sin propósitos, porque ¿pa qué?, empiezo el 2008. En vez de propósitos (que le dejan a una en evidencia fácilmente) es mejor tener deseos y hacer lo que se pueda por verlos cumplidos.
Lo de Kenia tiene mal arreglo, pero en cosas más cercanas quizás sea más sencillo contribuir a hacer algo.
Por ejemplo, ayudar a los fabiroles heridos en un accidente de tráfico en el que han perdido sus instrumentos y su medio de transporte. ¡Tanta tele-maratón sensiblera y tanta tontada!. Puestos a ser solidarios, ahí están ellos con nombres, apellidos, esfuerzos y canciones. Pues eso, dejo el link de la información y el modo de colaborar con los componentes de
http://entrenomadas.wordpress.com/2008/01/01/manifiesto-red-por-la-diversidad-familiar/
Y que la vida nos continúe sorprendiendo con cosas extraordinarias y con otras más modestas. Leyendo el blog de Purnas he encontrado una pequeña sorpresa. Un video de Manolo García cantando “Mai” (Texto de Anchel Conte, música y voz de Gabriel Sopeña y José Antonio Labordeta). Impactante.
El video del youtube:
http://purnasenozierzo.blogia.com/2007/122902-manolo-garcia-canta-en-aragones.php
Pues eso, Feliz año.


