miércoles, 29 de octubre de 2008

Painkillers

Está tan rematadamente deprimente el día: frío, húmedo y gris, que mejor no seguirle la corriente y nadar en dirección opuesta. Así que alegría, por prescripción facultativa y por llevar la contraria al tiempo. Y para la migraña, painkillers, que es como los ingleses llaman a los calmantes. Me encanta esa lógica británica de cajón, y también el nombre... asesinos del dolor. No se puede ir por el mundo sin painkillers y sin canciones alegres. Bueno, se puede, pero no es recomendable. Sobre todo en días como hoy. Llevo ya inoculadas varias dosis de ambas cosas, a ver si surten efecto.



Éste es el último video-clip de Carmen París con la canción "El Caramelo" del disco "InCubando". Danza, colorido, ritmo, y energía. Genial para remover las caderas, el vientre y hasta el corazón.

martes, 28 de octubre de 2008

También de noche sale el sol


El cambio de hora me permite volver a ver amanecer de camino al trabajo. Sólo unos días, justo éstos. He agradecido infinito la directiva europea de ahorro energético y he vuelto a parar el coche para retratar la estampa del alba venciendo a la oscuridad. Con la luna menguante aún en el cielo, este lunes parecía, efectivamente, que también de noche puede salir el sol.

martes, 21 de octubre de 2008

Memoria, dignidad y justicia

En Arándiga y en tantos lugares...

El Gran Casino

Al final, la banca siempre gana. Y nosotros, como gilipollas, echando perras a la máquina a ver si nos toca algo...

Zapatero anuncia que el fondo para ayudar a la banca empezará a funcionar en noviembre

(Diario Público 21/10/08)

lunes, 20 de octubre de 2008

Lunes

Tienen los lunes mucho de resaca, aunque no se haya probado gota de alcohol, de despertar arrancado del sueño, de subida jadeante y costosa. Los lunes te devuelven al camino de siempre cuando en realidad preferirías explorar alguna otra ruta y perderte por algún paisaje menos sabido. Siempre gana la sensatez al desvarío, y la inercia nos lleva de nuevo al trabajo y a la obligación. Ésa que el martes ya no parece tan grave, ni tan poco llevadera.
Pero los lunes son como una montaña de cima inalcanzable. Hay que ir bien provisto para culminar el ascenso. Cargar la mochila de optimismo, de instantes reconfortantes, y de paisajes perennes, ésos que siempre van con nosotros y nos hacen soñar. Y así, a buen paso y desplegando el material, se consigue coronar la cumbre.



No sé qué tiene esta canción, ni qué dice exactamente, pero me insufla energía y cosas positivas para vencer al puñetero lunes. ¡Hala, pues...!

viernes, 17 de octubre de 2008

Palopremio

Ya no hay palopremios. Cuando éramos pequeños, te pedías un helado y al placer de saborearlo se añadía la ilusión de descubrir si estaba premiado. Había que acabarse el helado rápido, rápido, para saber cuanto antes si había otro polo de regalo. Ahora les regalan a los críos unos cacharros de plástico que giran y que hay que ser casi ingeniero para saber cómo funcionan, directamente, con según qué helados enormes. Los más grandes y los que valen más, claro. Comerse el polo es secundario y hacerlo con ilusión es practicamente imposible.
Se me ocurre que la vida debería ser un palopremio gigante. Saborearla por el simple placer de vivirla y con la ilusión de descubrir si lleva premio.

martes, 14 de octubre de 2008

Otoño primaveral




Tienen estos días un aire inusualmente cálido, como si en octubre se hubiera hecho la primavera. Aún hay rosas, flores lilas y olor a jazmín. Creo que el otro día llegué a ver mariposas revoloteando.

viernes, 10 de octubre de 2008

¿Vale la pena?

- "No digas lo que piensas, que no vale la pena...". ¿Y qué vale la pena?. ¿Disimular lo que se piensa, o lo que se siente?, ¿pasar de puntillas, desaparcebido, sin hacer ruido para no molestar?. ¿Eso, vale la pena?. ¿Vale la pena el eufemismo, el circunloquio, lo resbaladizo?. ¿Vale la pena no tomar partido y quedarse agazapado en la retaguardia viendo como la vida discurre y se escurre lentamente?.

¿Se puede pensar, querer, odiar, sentir... vivir a medias?.

jueves, 9 de octubre de 2008

Repretón

No es muy fino, pero personalmente me cago en la bandera española, de casi 20 metros, que el Ayuntamiento de Zaragoza se ha cascado en la Plaza Aragón, a escasos metros del monumento del Justicia, Juan de Lanuza, defensor de los derechos y fueros aragoneses ( y habrá que recordar ajusticiado por Felipe II). No sé si, así, virtualmente, la cagada constituye delito, porque hasta ahora sólo vale quemarlas en vivo y en directo. El domingo hubo el vomitivo (todo es expulsar y expeler) acto de cesión por parte del ejército ( ¿vale cargarse en él también como delito?) y posterior izado de la susodicha bandera. Y hubo protestas ( ¡no todo está perdido!). Porque, a parte de los que estaban dando apoyo a la cosa, no hay demasiados ciudadanos de Zaragoza que, colores y tamaños de las banderas a parte, crean que ése, precisamente ése, sea el mejor lugar para poner "la enseña nacional" que ya luce abundantemente, sin problemas ni complejos, por tantos otros lugares de la ciudad. De cómo fue la cosa, de cómo se han referido a ello los medios, las consecuencias... da abundante, y como siempre, bien fundada información y opinión Chorche de Purnas. Que ya esperaba yo con ganas a que se pusiera con el tema para linkarlo, naturalmente.

¡Ay!, que a gusto me he quedado... Sí, queridos, hay que ir vaciando porque, si no, se hace tapón. Y eso es malo, malismo.


Más sobre el tema (más serio y menos escatológico) en blogs diversos:

Vesania
Aragonando
Tierra aragonesa
Bambino

miércoles, 8 de octubre de 2008

Y no se me ocurre nada...

Despues de visitar el blog de Mamen se me ha quedado el cuerpo con más ganas de Serrat. Creo que nadie como él sabe expresar con frases sencillas y naturalidad los sentimientos más profundos.



"... pero hoy las musas han pasao de mí, andarán de vacaciones"

sábado, 4 de octubre de 2008

Un paisaje


La montaña era un cuadro enmarcado entre las maderas de la ventana del comedor. Y ese cuadro era mi paisaje. Por la mañana, cuando la ventana se abría, el Moncayo emergía con sus picos redondeados, y sus hoyas, a veces rebosantes de nieve, otras grises como sus piedras de origen glaciar. Las vacaciones de mi infancia tuvieron ese referente, siempre visible. Desde la Huecha, en la presa, y subiendo las explanadas hasta alcanzar las paralelas, como llamábamos al árbol de ramas enormes que el azar, y la búsqueda del sol, habían llevado a disponer en paralelo. Una al lado de la otra. Estábamos dentro del cuadro cuando recogíamos fresas silvestres, moras o rebollones, según la época. También, caminando desde la fuente de los Frailes hacia el santuario, llenando cestos de chordón para que mi madre hiciera la mermelada más exquisita que he probado, deslizándonos por las pendientes de hojas en algún hayedo, o subiendo a la peña del Cucharón.

Cuando salíamos del cuadro volvíamos a mirar el monte, insistentemente, recorriendo con la vista el pozo de San Miguel, donde la leyenda, o la imaginación infantil, decía que estaban los restos de un avión accidentado que nadie había logrado encontrar. Era nuestro particular tríangulo de las Bermudas. Un misterio. Había que fijarse mucho, porque se suponía que en algún momento del día se podía ver un brillo muy intenso en esa zona de la montaña, justo cuando el sol incidía en lo que quedaba del aparato. Los críos mirábamos una y otra vez con la mano de visera en la frente y, claro, acabábamos viéndolo. -Sí, ¡mira como brilla...!, ¡lo he visto!. Nunca he sabido si había algún atisbo de verdad en toda esa historia. Supongo que no.

El Moncayo asistía como un invitado de honor, alojado en un palco, a todos nuestros juegos, a nuestras risas, y a las peleas habituales con los chicos de la Cecilia. También nos observaba cuando bajábamos a toda velocidad, resbalando con un plástico en el culo, por la cuesta helada que llevaba a casa, con las primeras pedaladas tambaleantes en la bici de dos ruedas, cogiendo caracoles, abrasándonos las piernas con las ortigas, buscando hierba para los conejos, o tapándonos los ojos con las manos y entreabriendo los dedos cuando la abuela los despellejaba, después de matarlos. Les habíamos procurado comida con paciencia y cariño y después contemplábamos, entre horrorizados y excitados, su sacrificio. Justo antes de zampárnoslos. El ciclo biológico de las especies completo, en vivo y en directo.

El Moncayo nos observaba y también escuchaba con nosotros los sonidos habituales: el silbido del viento helador que cortaba los labios y el aliento a la vez, los chillidos lejanos y agónicos de algún tocino en sus últimos minutos de vida, los ladridos de ida y vuelta de los perros acompañando a los cazadores al jabalí, y los gritos de mi prima llamando a la Amparo a pie de calle para que bajara de su casa a atender la tienda donde se podía comprar casi de todo. Eran unos gritos aterradores, pero absolutamente reglamentarios, a los que la Amparo contestaba con un "¡Ya voy...!" sobrado, también, de decibelios. Yo me escandalizaba, casi tanto, como me tronchaba con el espectáculo.

Entonces era el único conocido. Después he visto otros paisajes. Algunos, mucho más altos y espectaculares. Otros, lejanos, distintos, impactantes. Pero aquél era y, es aún, mi paisaje. Probablemente, porque también es el que arropa los recuerdos más gratos de mi infancia, ésos a los que una se aferra cuando se busca un lugar seguro al que poder regresar. Encontrarlo es sencillo. Basta con abrir la ventana de la memoria.

El ababol
Los paisajes del corazón se hacen indelebles. Lejos de borrarlos, el tiempo los apuntala y los convierte en parte del mobiliario del alma.