Nos ha despertado la tormenta madrugadora. A a mí, un trueno. El pequeño dice que, a él, la lluvia. Ha venido a mi cama y me ha explicado que había soñado con osos. El argumento del sueño era complejo, pero vamos, que él estaba en una excursión, había una tienda de campaña, una hoguera, osos, su hermano, y también salía un árbol que tenía en las ramas fresas, cerezas, pizzas, olivas y patatas (fritas, por supuesto).

No sé qué parte la ha soñado realmente y qué parte es proyección de sus deseos. En un momento del relato, me ha salido preguntarle, así, sin más: - hijo, ¿eres feliz?. Y me ha contestado: - como un anís. Y ha seguido con el sueño-cuento-historia sin inmutarse. Pues está claro que yo también lo soy. Feliz, digo. Algo cansada después de una semana dura y complicada, de ajetreos físicos y mentales, pero feliz. Me he dado cuenta mientras lo escuchaba a mi lado con su carita casi pegada a la mía. Sin dos dientes de abajo y las palas superiores emergiendo.
Supongo que, con el tiempo y la edad, van cambiando las prioridades y un día nos sorprendemos hallando la felicidad en cosas, gestos o momentos que nunca habíamos previsto. Los sueños son otros ahora. Pero no hemos rebajado nuestras aspiraciones. Simplemente, la vida nos ha llevado a pasar el cedazo y, al final, nos hemos quedado con poco, pero bueno.
No sé si alguna vez llegué a aspirar a ello, pero no espero cambiar el mundo. Ahora mismo me basta con ocuparme del jardín, hacer que la hierba siga verde y ver que las plantas florecen en tecnicolor. Soy tan simple que éso, también éso, me hace feliz.
