domingo, 12 de agosto de 2007

El silencio y el olvido, la peor de las derrotas

Este sábado se presentó ( si no hubo nuevo contratiempo) la Asociación Charata de la memoria histórica de Uncastillo (Cinco Villas). Hace algunos días ya se presentó en este pueblo, que sufrió como tantos otros las atrocidades de la guerra civil, una exposición organizada por esta misma entidad. 70 años después, la memoria histórica aún incomoda a muchos, aún quedan muchos silencios y muchos rencores enterrados. Quizá tantos como muertos, todavía en fosas comunes, deberían encontrar sus nombres y ver restituída su dignidad.

El Sueño Igualitario ( de Cuadernos de Cazarabet) visitó esta exposición. Transcribo literalmente aquí sus impresiones tras la visita. Más que una exposición, un mazazo a la conciencia aletargada de tantos. Un testimonio estremecedor que revuelve las entrañas y el alma.

VOCES QUE DESPIERTAN DEL SILENCIO EN UNCASTILLO

El Sueño Igualitario ha visitado esta exposición y queremos expresar nuestra admiración a la Asociación Charata por la recuperación pública de la imagen de las víctimas. También nuestra felicitación al Ayuntamiento de Uncastillo por permitir que sean mostradas en el propio edificio municipal por lo que supone como dignificación de su recuerdo.

“El Sueño Igualitario” visitó Uncastillo en la comarca zaragozana de las Cinco Villas para acercarse a la exposición “Las voces del silencio”. Exposición que habla, mayoritariamente mediante imágenes fotográficas, de la Segunda República y de la guerra en esta población.

La exposición es impactante y desafiante con la memoria... a la vez que valiente con la historia y el paso del día a día de la guerra civil en el propio pueblo. El trabajo de la asociación “Charata” se ha encarado con la historia de forma que los calabozos del Ayuntamiento se han convertido en la estancia de esta exposición en el ahogo del silencio.

Bajo la mirada de un visitante a la memoria de Uncastillo. En Uncastillo no hubo conflicto armado directo entre vecinos; la población fue objeto del dominio de los insurrectos desde un primer momento, pero eso no la libró ni del miedo, ni de la más escabrosa y brutal de las represiones.

Hay muchas historias que pueden resumir cómo la población puede enloquecer... Rescatamos algunas de ellas.

Se supone que las familias potentes y practicantes del caciquismo se sumieron aquí en una especie de letargo atormentado y pasivo de las prácticas humanas. Se debieron olvidar, aliándose con la más vil de las hipocresías, de los dogmas de su religión y se sumaron a las hordas violentas del miedo, la maldad, la vileza, el rencor... Muy posiblemente todo esto confluyó en Uncastillo a raíz del golpe de estado de los militares. El pueblo quedó dentro de la zona llamada “nacional”. Sin ningún tipo de resistencia armada.

Dos años antes, el intento revolucionario del 34 había tenido una repercusión social importante que dio a conocer las carencias de la mayoría de ciudadanos y sus reivindicaciones que en oídos de los caciques y familias poderosas sonaron como trompas de peligro que anunciaban que sus tierras, sustraídas de forma ilegal, podían ser repartidas entre los que ellos consideraban siervos. El más cobarde de los miedos debió de sonar como el aire frío anunciando tiempos de dureza. El miedo y mucho resentimiento que debía de ser saciado. Cuando estalló la sublevación los caciques aprovecharon la ocasión para dar de beber a su miedo y su odio. En Uncastillo no hizo falta que vinieran gentes de fuera a disparar, apresar, reprimir a otros ciudadanos... lo hicieron las propias gentes del pueblo afines y cercanos a los caciques y a las familias con poder.

No se limitaron a llevar a cabo detenciones; fueron capaces de torturarlos, arrebatarlos de sus familias, violar a mujeres para después quemarlas, jugar con las cabezas arrancadas de los ejecutados... Uncastillo no vivió una batalla de intercambio de tiros en sus campos o calles, pero vivió la batalla del miedo y de la conciencia que todavía se arrastra pesadamente.

La barbarie de algunos de los hechos conocidos se hace muy difícil de narrar, pero sabemos que todavía fue más difícil de vivir de manera más o menos directa. La historia simplemente se debe afrontar.

El alcalde socialista de Uncastillo, Antonio Plano, fue detenido. Lo torturaron, entre burlas, en la plaza del Olmo de la población. Lo fusilaron y caído en el suelo recibió un golpe de azada en la pierna que la seccionó. Seguidamente lo decapitaron y jugaron con su cabeza como pelota.

Un par de los que participaron en esta macabra escena estuvieron dos años antes en los actos de octubre del 34 manchando también de sangre Uncastillo. Asaltaron el cuartel y ocasionaron victimas entre la tropa que se encontraba de guardia. Simplemente al cabo de dos años se permitieron el lujo de cambiar de chaqueta para hacer lo mismo, matar y ensañarse.

Más de ciento sesenta personas hoy identificadas fueron asesinadas por los golpistas, cada una de ellas con una historia y con el derecho a elegir contarla o no.

A los niños les debieron de aterrorizar con muchas cosas, pero una de ellas les debió causar un sutil espanto. A veces lo sutil es lo peor. Los cabezudos de la villa fueron llevados a la plaza donde ordenaron concentrarse a toda la población. Allí les juzgaron... para sentenciarles a muerte por fusilamiento. Allí mismo con todos los niños “aprendiendo la lección” les dieron incluso el tiro de gracia. Me pregunto cómo se encaja esto en la mente y en el sentir de un niño.

Se entiende que mucha gente en Uncastillo guarde todavía las palabras bajo la losa del silencio. Más que la guerra sufrieron el cinismo aterrador de la represalia, esa fue la guerra y la posguerra de Uncastillo. Algunas familias han colaborado de manera ferviente con la Asociación “Charata” aportando fotos y datos; otras siguen refugiados discretamente en lo único que han conocido para sobrellevar esta carga, el silencio.

“Charata” ha tenido una iniciativa que va más allá de la valentía... han sido firmes guardianes de su pasado, afrontándolo y mirando a los ojos como sólo se puede mirar a la realidad para preservar la dignidad.

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