El ventilador de la torre de mi pc mantiene caliente la leche de soja que me llevo cada día al trabajo en un bote de cristal, creo que era de espárragos. Lo arrimo a la salida de aire caliente. Sin usb ni nada. Cortado calentito a cualquier hora en esta oficina en la que se amontonan mesas, pantallas y seres poco o nada expresivos (igual los seres que las cosas).
El mp3 me acompaña. Se ha convertido en una extensión del cerebro, almacena la parte músico-emocional. Todo cabe en dos gigas. De paso me deja más memoria en la cabeza. Básicamente para los recuerdos. Esos que campan a su antojo y se te instalan como okupas. No hay quien los desaloje. Les busco sitio. Están a gusto.
Ellos, los seres que comparten horas en el mismo espacio, no hablan. Primero me indignaba. Me llegó a preocupar. Me rebelaba. Ahora lo agradezco. Me entretiene más mi conversación, la que mantenemos mi cabeza y yo. Nos conocemos demasiado y sabemos qué responderá cada una. Pero, a veces, nos sorprendemos. Incluso la engaño. Le digo que no haré alguna cosa y, a tración, voy y la hago. Después me arrepiento, pero ya es demasiado tarde. Me riñe, pero luego me perdona. Sabe como soy. Sin remedio. Entre tanto, copio, corto, pego, guardo, actualizo y miro el reloj.
A veces sí hablan. Cruzan algunas frases cortas, sin adjetivos. Comentan algo de subir cambios a un repositorio, y de programar, y de no sé qué... no los entiendo. Para equilibrar la balanza cósmica me releo unos versos exquisitos de un poetea salvadoreño y me repongo una sesión de música para los sentidos, de la que llevo encapsulada en el mp3 y en el corazón. Me parapeto detrás de los muros de marquetería que rodean mi mesa y que me aíslan del resto. Estoy a salvo. Nadie me observa. Lo cierto es que no lo harían ni aunque me pusiera a bailar la danza del vientre. Ellos continúan con la mirada fija en la pantalla repleta de signos y lenguajes extraños.
Continúo con mi ejercicio de dulce masoquismo, hasta las dos y media. Antes de irme, vuelvo a enviar y recibir. Nada. Ningún mensaje interesante. La Orquestina acaba su canción. Retiro el hardware con seguridad. Inicio. Apagar equipo. Sonido windows. La selva de Irati que iluminaba la pantalla se funde en negro. Adiós.

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