No quiero la desertización ni el cambio climático, pero debo reconocer que no me gusta que llueva. Puede sonar contradictorio, que lo es, (¡como tantas cosas!) pero me deprimen los días grises y de lluvia. No puedo evitarlo. A la que se pone nublo, los biorritmos se me precipitan en caída libre. Tampoco creo que sea un bicho raro. ¿De qué, si no, se suicidan más en los países nórdicos?. ¿De qué, si no, van como locos los ingleses buscando un rayo de sol oh, oh, oh, por toda la costa peninsular e insular desde que se inventó el turismo?, ¿eh?, ¿de qué?.
Después están los que dicen aquello de ¡qué bonito es ver llover!, o ¡cómo me gustan los días de lluvia!... Preciosos. Con esa humedad que se te mete en el tuétano, el moquillo que se resbala por la nariz y la ciática o el hueso tonto que todos tenemos auto-reivindicándose...,idílico. Menos los que viven del campo, el resto de la humanidad miente vilmente cuando dice que les gusta la lluvia. Tampoco debe ser casual que las canciones relacionadas con el tema sean tan poco alegres. Excepto el “que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva” y alguna otra, la mayoría, melancolía en vena.
El ababol
Lluvia y corazónEl corazón no resiste bien la lluvia. Se encoge, cuesta un montón que se acabe de escurrir, y por lo general, anda húmedo durante mucho tiempo.

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