martes, 15 de abril de 2008

El tío Paco

Esta madrugada me he despertado gritando y dando un salto en la cama. Se me había aparecido mi tío Paco en un sueño. Me preguntaba si necesitaba algo. Es extraño, porque era tío consorte, quiero decir que era el marido de mi tía Pilarín, la propiamente consanguínea por así decirlo, porque ella es prima hermana de mi abuela. Pero el tío Paco era un ser que se hacía querer. Le encantaba explicarse y escucharse. Tenía un pronto algo histriónico, se encendía y subía como el suflé, para después volver otra vez a la calma. Él mismo apagaba enseguida los incendios que desataba. Le encantaba explicarnos sus historias que eran historia pura: sobre la Guerra civil,
cuando fue oficial de aviación en la República, su paso por un campo de concentración, y sobre todo como se tiró en paracaídas al ser abatido su avión, antes de ser apresado. Siempre contaba, con la misma precisión y pasión, que creía que iba a morir porque no tenía fuerzas para activar el artilugio tirando de la anilla. "Este dedico me salvó", nos contaba de pequeños, y levantaba su dedo corazón. Siempre acababa sus explicaciones con la muletilla, ¿entiendes?.

El tío Paco estuvo en la clandestinidad, participando en la reorganización del PCE i el maquis de Aragón, después de pasarse unos cuantos años en Francia. Cuando volvió al pueblo dio clases de francés durante mucho tiempo. Llegada la democracia, estuvo batallando con la Asociación de Aviadores de la República por el reconocimiento de los derechos de los militares republicanos, que finalmente consiguieron. Pudo así retirarse dignamente y no dejó de acudir en vacaciones a las residencias para ex-militares, aunque le incomodaba encontrarse también con los del otro bando. "Más les jode a ellos", decía. Esta noche, el tío Paco, Don Francisco, en la correspondiente esquela del Heraldo, me preguntaba si quería algo. Estaba joven, alto -que lo era- y con la voz clara. Me ha pegado un susto tremendo. He tenido que lanzar un grito para ver si me despertaba, consciente de que era un muerto el que me hablaba.

Murió hace unos años en Francia, en casa de unos amigos a los que visitaba con frecuencia. Francia era su segundo país, si no el primero. Lo enterraron en el pueblo sin los honores que merecía. De Zaragoza no vinieron cargos políticos ni representantes de los partidos por los que se jugó la vida en la guerra y se partió la cara en el pueblo, donde fue alcalde. Durante el entierro llovía, pero mi madre y yo sostuvimos todo el rato un centro de flores con los colores de la República que enviaron sus amigos franceses. Llorábamos con tanta rabia como pena. Aún me parece oírlo, como esta noche, con su voz potente y su nariz prominente diciendo ¿entiendes?.

No hay comentarios: