
La montaña era un cuadro enmarcado entre las maderas de la ventana del comedor. Y ese cuadro era mi paisaje. Por la mañana, cuando la ventana se abría, el Moncayo emergía con sus picos redondeados, y sus hoyas, a veces rebosantes de nieve, otras grises como sus piedras de origen glaciar. Las vacaciones de mi infancia tuvieron ese referente, siempre visible. Desde la Huecha, en la presa, y subiendo las explanadas hasta alcanzar las paralelas, como llamábamos al árbol de ramas enormes que el azar, y la búsqueda del sol, habían llevado a disponer en paralelo. Una al lado de la otra. Estábamos dentro del cuadro cuando recogíamos fresas silvestres, moras o rebollones, según la época. También, caminando desde la fuente de los Frailes hacia el santuario, llenando cestos de chordón para que mi madre hiciera la mermelada más exquisita que he probado, deslizándonos por las pendientes de hojas en algún hayedo, o subiendo a la peña del Cucharón.
Cuando salíamos del cuadro volvíamos a mirar el monte, insistentemente, recorriendo con la vista el pozo de San Miguel, donde la leyenda, o la imaginación infantil, decía que estaban los restos de un avión accidentado que nadie había logrado encontrar. Era nuestro particular tríangulo de las Bermudas. Un misterio. Había que fijarse mucho, porque se suponía que en algún momento del día se podía ver un brillo muy intenso en esa zona de la montaña, justo cuando el sol incidía en lo que quedaba del aparato. Los críos mirábamos una y otra vez con la mano de visera en la frente y, claro, acabábamos viéndolo. -Sí, ¡mira como brilla...!, ¡lo he visto!. Nunca he sabido si había algún atisbo de verdad en toda esa historia. Supongo que no.
El Moncayo asistía como un invitado de honor, alojado en un palco, a todos nuestros juegos, a nuestras risas, y a las peleas habituales con los chicos de la Cecilia. También nos observaba cuando bajábamos a toda velocidad, resbalando con un plástico en el culo, por la cuesta helada que llevaba a casa, con las primeras pedaladas tambaleantes en la bici de dos ruedas, cogiendo caracoles, abrasándonos las piernas con las ortigas, buscando hierba para los conejos, o tapándonos los ojos con las manos y entreabriendo los dedos cuando la abuela los despellejaba, después de matarlos. Les habíamos procurado comida con paciencia y cariño y después contemplábamos, entre horrorizados y excitados, su sacrificio. Justo antes de zampárnoslos. El ciclo biológico de las especies completo, en vivo y en directo.
El Moncayo nos observaba y también escuchaba con nosotros los sonidos habituales: el silbido del viento helador que cortaba los labios y el aliento a la vez, los chillidos lejanos y agónicos de algún tocino en sus últimos minutos de vida, los ladridos de ida y vuelta de los perros acompañando a los cazadores al jabalí, y los gritos de mi prima llamando a la Amparo a pie de calle para que bajara de su casa a atender la tienda donde se podía comprar casi de todo. Eran unos gritos aterradores, pero absolutamente reglamentarios, a los que la Amparo contestaba con un "¡Ya voy...!" sobrado, también, de decibelios. Yo me escandalizaba, casi tanto, como me tronchaba con el espectáculo.
Entonces era el único conocido. Después he visto otros paisajes. Algunos, mucho más altos y espectaculares. Otros, lejanos, distintos, impactantes. Pero aquél era y, es aún, mi paisaje. Probablemente, porque también es el que arropa los recuerdos más gratos de mi infancia, ésos a los que una se aferra cuando se busca un lugar seguro al que poder regresar. Encontrarlo es sencillo. Basta con abrir la ventana de la memoria.
El ababol
Los paisajes del corazón se hacen indelebles. Lejos de borrarlos, el tiempo los apuntala y los convierte en parte del mobiliario del alma.
4 comentarios:
Sobre leyendas.... El 9 de septiembre de 1982 decidimos subir a la cumbre. Pertrechados de tiendas de campaña y cuatro latas de judías hicimos noche en la fuente de los frailes. El día 10 (mi 15 cumpleaños)iniciamos la ascensión. Una niebla espesísima nos cubrió al pasar la peña del cucharón. Perdimos la senda y subimos por el Pozo de San Miguel. A media altura, sin vernos casi los unos a los otros, en un pedregal rodeado de barrancos, nos encontramos en medio de restos de metal retorcidos con extrañas inscripciones en inglés... Habíamos encontrado el avión!!!
En mayo de 1970 un avion Phantom F-100 de los EEUU se estrelló contra la cima del Moncayo. No hubo supervivientes. Desde entonces, en 1984 y en 1986, un F-16 y un Hercules, ambos de los EEUU, corrieron la misma suerte. Los pilotos españoles de la base de Zaragoza evitan siempre pasar por la zona en su camino al polígono de tiro de las Bardenas. Dicen que los instrumentos de navegación se vuelven locos y dejan de funcionar...
Algo más sobre la que siempre se ha llamado "la montaña mágica"
Después de tantos años, va y resulta que lo del avión era verdad. ¡Y yo creyendo que era cosa de nuestra imaginación infantil!. Tremendo, ¡qué ilusión me ha hecho lo que has escrito!. Y no sabía nada de tu hallazgo. Claro, que por esa época yo ya no iba por el Moncayo y tu, en el fondo, no te has ido nunca.
Debe ser por las fuerzas magnéticas, telúrias, los poderes mágicos o por la niebla del Moncayo, espesa y envolvente, que atrapa y no deja salir de la montaña.
Besos, muchos.
no esta mal la recopilacion de recuerdos...me sorprendes...tenia enterradas muchas imagenes que has resucitado! Y ya puestos a tirar del hilo...el columpio debajo del morero? las migas con chorizo? las clases de maquina (que por cierto, tan bien nos han ido para en esta epoca de teclados...)? Y los sentidos dispuestos a beberse todo...
Un beso corason mio, desde "sunny" Copenague!!!!
Pues me había olvidado de todas estas cosas. Compartimos recuerdos, pero yo no podría haberlos descrito así de bien.
Me voy a ver fotos ahora mismo.
Un beso,
M
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