Hacía algo de viento y esta vez no me he negado.
-Vale, vamos a hacer volar la cometa...
No sé con qué producto venía de regalo y ya llevaba unos cuantos meses rondando por el baúl de los juguetes con sus colorainas y su cuerda perfectamente enrollada, esperando una oportunidad.
La cometa ha volado algo, no muy alto, pero algo, después de correr lo que no está escrito. He acabado muerta, pero ha valido la pena, porque no creo que haya algo tan ilusionante para un niño como ver que su cometa se eleva. Y nada tan ilusionante para un padre, o una madre, que verle la cara al niño en ese instante.Cuando he recuperado las funciones vitales básicas, que ha sido un largo rato después, me he ido a buscar unas oportunas y atinadas reflexiones que recordaba haber leído en un libro de lo más heterogéneo en forma y contenido. Delirante y lúcido a la vez.
...aquel día estuve a punto de recobrar la ilusión por las cosas, de conformarme con el simple hecho de estar en la playa y sentirme por primera vez como un padre, qué se supone que es un padre, muy fácil, un padre es aquel señor medio calvo que tiene una habilidad innata para hacer volar una cometa después de habérselo pedido durante un año que por favor papi vamos a hacer volar la cometa y has estado a punto de pensar que no sabía... (...) y llegaba a la conclusión que lo que te hace sentir padre es la naturalidad con la que tu hijo se siente hijo tuyo.El misteri de l'amor. Joan Miquel Oliver. Editorial Empúries, 2008.
(traduccion libre del original)
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