La situación económica provocó la disyuntiva. Mi madre me dio a elegir: o carnet de conducir, o viaje de fin de curso. Ganó el viaje, lógicamente. No hay carnet que pueda competir con un viaje a Italia a los 17 años.Eternas horas de risas, nervios y complicidades en el asiento del autocar. Estatuas, canales, fotos movidas, pizzas y piazzas. Por la noche, Madonna, like a virgin, en la discoteca. A la mañana siguiente, Madonnas mudas, de alabastro, en los duomos. Multiplicando miradas y dividendo las liras entre 10. Y el corazón en el escaparate, por si alguien quería detenerse. Dándole sorbos a escondidas a la vida, lejos de casa. Aspetto qui, prego, un bacio, ciao…
Días diáfanos, de risas limpias y sueño aplazado. La vida sencilla y sin complicaciones, como esas canciones italianas del momento que se pegan en unos segundos a la piel, y le dan un centrifugado rápido al corazón. Con la edad, esos días y esas canciones se recuerdan con una sonrisa y algo de nostalgia. Aunque ahora prefiera otras melodías: ésas que se instalan lentamente en la epidermis y saben mantener la humedad del corazón.
E questa mi piace tanto, ma tanto, tanto...
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