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Me pregunto en qué lugar del hiperespacio deben estar esas cosas que escribimos y que por alguna extraña circunstancia aliada con la mala baba y la mala suerte se acaban borrando. Esas reflexiones, esos textos elaborados, esos trabajos, o parte de ellos, que sin saber cómo dejan de existir y no hay manera de retornarlos a la vida. En qué aciago momento le dimos al suprimir sin quererlo e hicimos desaparecer, a la vez, tiempo, neuronas, (con lo escasas que van a una cierta edad) y satisfacción (la que nos daba ver el fruto de nuestros devanamientos de sesera). Todo volatilizado. A cambio, sólo nos queda rabia, impotencia y mala leche, mucha y muy mala.
Cuando esas cosas me pasan, ¿a quién no le han pasado?, pienso en la destrucción involuntaria que más ha marcado a mi familia. La del arsenal fotográfico de toda, o prácticamente toda, mi infancia, la de mis hermanos, y una parte considerable de la biografía materna. Ocurrió siendo yo pequeña. La mala suerte quiso que uno de los hermanos confundiese la bolsa donde se almacenaban provisionalmente las fotos familiares, a la espera de una reubicación, con simple basura que había que tirar al contenedor. Y allí fueron a parar nuestras estampas de recién nacidos en el hospital en, brazos de mi madre, bautizos, comuniones, veraneos…De nada sirvió llamar al servicio de recogida de basura cuando pudimos comprobar el desastre, porque las fotos yacían ya con los detritus habituales en el vertedero. La destrucción involuntaria se presenta entonces como un drama. A veces, incluso se puede confundir con alguna señal del destino, que algo nos habrá querido decir. Pero no. Es simple mala suerte.
Las fotos no se pueden restituir, aunque siempre hay algún familiar que guarda copia, y se puede recomponer algún retazo de la memoria fotográfica de la familia. Algo se salva. Y lo más importante: la memoria siempre va con uno y, aunque no queden rastros gráficos, está el propio presente, que siempre puede echar un vistazo atrás y rememorar lo ocurrido. Al fin y al cabo, somos en tiempo presente y lo que fuimos puede recordarse. Y por supuesto, lo que en su día se escribió y desapareció entre megabytes y códigos binarios puede reescribirse, y con mucha más soltura, dada la reciente experiencia. En el fondo, es como una segunda oportunidad para que las neuronas mejoren el original que se perdió en la nada cibernética. Eso sí, una vez transcurrido un tiempo prudencial y superadas las ansias de estampar el teclado o el ratón contra la pantalla del ordenador.
3 comentarios:
Si te contara las veces que me ha pasado...ahora, de las cosas importantes, en memorias, discos externos, varios ordenadores...pero lo que sigo haciendo y se lo aconsejo a mis alumnas por eso de "no le he podido entregar el trabajo porque se me ha borrado", como me ha pasado a mí, y sé que puede ser verdad, les digo que se lo manden siempre al correo personal, o a los correos que tengan...se vive algo más tranquilo, y una vez dicho, ya no hay excusa...mala soy jajaja.
Con lo de las fotos, es una verdadera lástima, aunque existan los recuerdos, lo visual,siempre será algo más cercano, digo.
Un abrazo, y paciencia Montse.
Que ganicas de joder 30 años después....
Bueno, creo que a estas alturas lo tenemos superado. Hasta deberíamos recordarlo con buen humor...Yo lo hago. ¡No nos vamos a amargar por unos trozos de papel, cuando nos tenemos en carne y hueso!. Eso es lo que más vale.
Besicos, corazón de León.
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