domingo, 3 de octubre de 2010

Sinceridad

Luis García Montero publica hoy un artículo de opinión en Público interesante y reconfortante, al menos para mí lo ha sido. Un elogio de la sinceridad en esta sociedad que valora las apariencias y una invitación a reconocer las propias carencias, la propia ignorancia.
Escribe García Montero "causa tristeza ver a los políticos que deberían tener como primera responsabilidad de su oficio la defensa de la política, participar de manera suicida y vanidosa en la ceremonia de su liquidación. ¿No sería mejor admitir la propia ignorancia? En medio de tanta estrategia de sabidurías huecas y coartadas frágiles, valoro cada día más la sinceridad como apuesta intelectual. Si no se tienen recetas basta con no mentir. No se trata sólo de un refugio ético, sino un modo de enfrentarse públicamente a la verdadera dimensión de los problemas".

Según García Montero, se trata de reconocer la propia ignorancia aun a riesgo de parecer tontos. Cita el articulista y poeta a un profesor de periodismo de Chicago, Albert Corde, cuando explica que uno de los problemas humanos de siempre, presente en todas las épocas de la humanidad, era el problema de no ser tonto. "La paradoja es que la sociedad considera tontos a los que no saben hacer el tonto, a los que no creen en la utilidad de los silencios, el cinismo y las medias verdades".
Personalmente, creo que, además de considerarlos tontos, esta sociedad competitiva considera inhabilitados sociales a aquellos que se muestran como son, que blanden sin temor su sinceridad. No tienen opción de progreso. Son bichos raros, invalidados para el triunfo social. Admitir la debilidad públicamente, decir lo que se piensa, lo que se siente... arrincona a unos sujetos a los que se considera poco aptos para el reconocimiento social. Se premia, en cambio, el arte de simular, la habilidad de saber aparentar inteligencia, seguridad, aplomo, (que no tenerla realmente). Lamentablemente, a menudo la sociedad traslada esos parámetros al terreno de las relaciones personales y reconocer los propios fracasos y obrar en consecuencia no está bien visto, nos hace menos confiables y menos respetables. Otra vez, la sinceridad no tiene cabida y resulta ser un signo de debilidad, de inmadurez y de ingenuidad. A veces llegamos a creerlo y eso nos paraliza. Y nos confunde. Hasta que alcanzamos a comprender que enrocarse en la infelicidad no puede ser un signo de inteligencia y madurez.

En todo ello pensaba mientras plantaba estos preciosos pensamientos blancos y lilas esta misma mañana. 

2 comentarios:

Mamen dijo...

¿Sabes? Llevaba muchos años cantando y haciendo mío eso de nuestro amado Joan "nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio" y ultimamente siento que no es así...si eres sincero y no quieres paralizarte...la verdad puede ser triste y puede tener remedio. No sé si me explico.
Preciosos pensamientos blancos y lilas.
Un abrazo

Inde dijo...

Pero eso para los políticos no basta: no pueden llegar y decir, señores, no sé de qué va esto. Porque es tanto como reconocer que ellos no deberían estar allí, que no han llegado adonde están por méritos propios, que en realidad ne su lugar tendría que estar alguien que "supiera", que tuviera herramientas y bagaje para afrontar la responsabilidad que supone ese cargo.

Y no. Y por eso mienten. O montan campañas de marketing y destinan cantidades ingentes de presupuesto (que debería servir para otras cosas) a asesores que les dicen qué tienen que decir.

Lo malo es que esos asesores tampoco han ganado sus puestos por méritos propios, y entre eso y que la estrategia ya está muy vista y no engaña a nadie...

Pues les va como les va.

Le podremos echar la culpa al boogie, pero la realidad se impone.

bsitos