Lo cómodo era quedarse en casa con el calorcito de la calefacción y dejar el running para otro día. Lo reconfortante ha sido no hacer lo cómodo y volver contenta y cansada (hace tiempo me hubiera parecido un binomio imposible, ahora me parece natural) y escuchar la pregunta después de llamar a la puerta resoplando: -
qué, mama, ¿cómo ha ido, cuántos kilómetros?. Hoy no me importaban mucho los kilómetros, he ido en plan Cruyff cuando era entrenador:
salid y disfrutad. Y eso he hecho, sin tener en cuenta la velocidad y entreteniéndome cuando me ha parecido oportuno. Había unas nubes tremendas. Les he echado unas fotos con el móvil y me he apresurado a volver. Aunque sin proponérmelo, al final, he ido más o menos igual de rápido que siempre. Las piernas se acostumbran a un ritmo y a veces parece que tiran sólas como si se negaran a apalancarse. Creo que pasa igual con la cabeza, cuando se acostumbra a la actividad se resiste a amuermarse.
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