Me alegra que cosas prohibidas en tiempos pretéritos puedan exhibirse libremente, sin cortapisas y sin guardianes de la moraliad. Celebro que haya quien disfrute con las comparsas, con las rúas...con el carnaval. La misma libertad me permite elegir y decir que a mí, particularmente, la fiesta de los disfraces, los confetis y la música a toda castaña en carromatos de estética más que dudosa no me gusta. Nada. De nada.
Me espero a que pasen los carnavales con la misma impaciencia con la que espero a que pasen de largo, cuanto antes, las procesiones de semana santa. No se trata de una cuestión de creencias, sino de gustos, o de buen gusto, según se mire. De la semana santa lo único que me atrae es el sonido de los tambores y los bombos. Me sobran la imaginería de martirio, sangres, espinas y capirotes.Y el guión original, por supuesto. Del carnaval no me quedo con nada, ni con la banda sonora que va a ser -fijo- el waka waka de Shakira con unos millones más de decibelios de los que el oído humano es capaz de soportar. Pasamos de lo insufriblemente hortera a lo gore y siniestro en cuestión de semanas. Nuestras bonitas fiestas y tradiciones. ¿Nuestras?. No mías.
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