La gente se muere. Desaparece. Salen de
nuestras vidas. No sólo la gente, esa visión genérica de los otros,
indeterminada y alejada de nuestra propia individualidad. Se mueren las
personas, que es como nos gusta referirnos a quienes nos rodean o hemos tenido
cerca en algún momento. Se evaporan esas vidas con nombres y apellidos que nos
acompañaron en un trecho más o menos largo de nuestra existencia.
Cuando se va uno de los seres que ha formado parte de nuestro paisaje vital, aunque no fuera
determinante, ni si quiera muy cercano, algo cambia y se transforma en nosotros.
Un bosque no deja de serlo, ni de conservar su esplendor o su decadencia por el
hecho de que desaparezca un sólo árbol. Sin embargo, el paisaje se modifica, ya no es el mismo que había antes de la
ausencia.
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| Sherwood Forest, Inglaterra |
Se nos mueren los cantantes que pusieron
banda sonora a nuestras vidas, los escritores que nos hicieron reflexionar y
crecer intelectualmente, los actores y actrices que nos hicieron reír y llorar,
los directores de cine, los profesores, los vecinos de la asociación y los que nos hicieron descubrir nuestra conciencia crítica,
nuestra rebeldía y nuestras ganas de soñar con cosas mejores para este mundo y los
que lo habitan. Pérdidas que van despoblando el bosque y modificándolo. A cada árbol que cae a nuestro alrededor, sentimos que nos vamos quedando a la intemperie, más vulnerables, sin esa
armadura de seres conocidos, de ejemplos cercanos, de experiencias compartidas
que nos protegen de los vendavales y de las tormentas que nos sacuden.
Se nos mueren los cercanos, los propios,
los que nos han hecho crecer, o los iguales en tiempo vivido. Se van aquellos
con los que dibujamos los primeros trazos de nuestra vida. Y entonces, como nunca
antes, comprendemos que el bosque era una simple suma de árboles y que estamos
solos. Sujetos a la tierra por unas raíces, que son tan sólo las nuestras. Hemos
llegado hasta aquí gracias al paisaje que nos ha cuidado, mecido, alimentado y
aliviado. Nos hemos plantado fuerte gracias a él, nos hemos modelado a su
sombra y cobijo, pero estamos solos. A nuestro alrededor, el espacio se amplia
y deja ver los vacíos y, con ellos,
nuestra propia presencia se hace más evidente y fuera ya del alcance del
conjunto al que pertenecimos.
Se nos mueren y estamos solos. Nos encogemos, nos acobardamos, lloramos, nos compadecemos y nos sentimos solos. Y no lo estamos. Nos acompañan los que llegaron después. Aquellos
por los que continuar en pie desplegando ramas, alimentando raíces, protegiendo
de tormentas y ventiscas. Mientras añoramos el nuestro, nos hemos convertido en paisaje. Somos su bosque. Y aquí seguimos.
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