Celebramos el día que llegamos al mundo como una fecha feliz. Aún en las épocas más tristes, o más pobres, o más desgraciadas de la vida propia, ese día oímos desearnos felicidad insistentemente. "Felicidades porque un día como hoy viniste a este mundo" parece ser el mensaje. Y echas una ojeada a los telediarios o a los períodicos y, entre matanzas, cayucos mortales y tifones te pones a pensar si llegar a este mundo puede ser realmente motivo de felicidad. No digo ya si la mirada es hacia el interior, un mundo tan o más convulso, con sus carencias y sus frustraciones. Sí, cierto que una vez estás en este mudo común, el que compartimos todos, no te quieres ir. Te aferras a él por si acaso lo que viene es peor, o simplemente no viene nada. Echas mano de lo más inmediato para convencerte de que sin llegar aquí no habrías visto jamás las caras de los que más quieres, ni oído las risas infantiles de los que llevarán tu sangre cuando ya no estés.
Hace tiempo que creo que los cumpleaños de cada cual los deberían celebrar las madres respectivas. Son las que realmente sienten felicidad por haber traído un ser al mundo y las que recuerdan con precisión la fecha y las circunstancias de ese momento. Las que lo han sufrido antes, durante y después del nacimiento. Las que merecen ser felicitadas por no desfallecer, por dar todo y no recibir nada, o casi nada. Las que continúan padeciendo aunque haya habido mayorías de edades, emancipación o traslados a la otra punta del mundo. Las que no juzgan, ni piden explicaciones, ni reprochan. Se limitan a continuar queriendo a lo que más quieren. Y llegado el momento están cerca para recoger los trocitos después de cada naufragio.
Ellas son la que debieran ser felicitadas cuando se sobreviene el cumpleaños de uno o de una. Así que ¡felicidades!, madre.

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