Días amarillos
Ayer pude recoger "Amarillo" de la librería donde lo había encargado. Antes de acostarme ya lo había terminado. Hecha una mierda. Así me he quedado. Creo que aún sigo así, a ratos. Y necesito explicar por qué, sin pretender -que ni sé, ni podría- hacer algo parecido a una reseña o una crítica. Se trata más bien de una necesidad fisiológica. El caso es que en "Amarillo", Félix Romeo nos ha estampado en la cara el suicidio de su amigo y compañero de piso Chusé Izuel, cuando éste tenia 24 años, en 1992, y se arrojó del quinto del piso que habían compartido estudiando en Barcelona. Nos lo ha estampado con toda la violencia y la crudeza que sólo es posible cuando el hecho que se relata es así de crudo y así de violento. Y el modo como lo ha hecho es también el más duro, por directo y por carecer de intermediarios.
Nos ha puesto a leer las entrañas de Izuel: sus reflexiones, sus entrevistas, su relatos, y, queriendo o no, nos ha llevado a encontrar una explicación, que seguramente es lo que más necesitan los que sobreviven a un suicida. Entre otras cosas, para poder descargar la losa que se arrastra y el sentimiento de culpa por no haberlo podido impedir.
Ni por el interminable dolor que supone ser abandonado por el ser amado, ni por una influencia estético-intelectual, ni por las flaquezas psicológicas. O tal vez no sólo por ello. Con toda modestia y si ánimo de inmiscuirme en terrenos ajenos, aproximándose a los pensamientos de Chusé Izuel, se llega a la conclusión que se suicidó por lo que deberíamos suicidarnos todos: por pura coherencia. Y contra ese acto consciente, libre y maduro no hay margen de maniobra, nada que pueda evitar lo inevitable. Así que la culpa no tiene sentido ni cabida. Recriminarse no haberlo percibido a tiempo, tampoco.
¿Quien no ha pensado en quitarse la vida alguna vez?. Son esos suicidios adolescentes. Los que sí cometen a menudo, más de lo que las noticias reconocen, los chicos de 15 años, por desamor o porque el mundo les resulta demasiado pesado. Pero los suicidios adolescentes de la edad adulta no se cometen. Sólo se elucubran. Son los suicidos "para joder", o más finamente, para hacer sufrir a los que nos han hecho sufrir. Una especie de ejercicio morboso de venganza que se queda en un puro goce imaginario. Con efectos terapéuticos, sin duda, pero sin llegar a traspasar la linea que divide lo imaginado de lo real. Así nos hemos suicidado casi todos en algún momento de nuestras vidas. Hay mercado y productos para ese estado anímico, como para casi todos los demás. Los chicos del quiosco de la Facultad de Periodismo de la Autónoma, en Bellaterra, tenían hace unos 20 años entre los más vendidos un libro sobre maneras de suicidarse limpias y asépticas con fármacos adquiribles en la farmacia sin necesidad de receta. Aún tengo el mío por alguna estanteria. Es el suicidio de los supervivientes, el que nunca llega a perpetrarse.
Los supervivientes -la mayoría de nosotros, por suerte para las morgues y cementerios, y para familiares y amigos- no nos suicidamos. Los supervivientes sobrevivimos. Y lo hacemos gracias a que somos animales. Por un estricto instinto de conservación. Nos viene del mono.
Ante la realidad de nuestros fracasos y la destrucción de nuestros sueños y deseos, dejamos de lado la razón y la evidencia, que nos conducirían a un final trágico, y nos aferramos al instinto de supervivencia. Lo llevamos practicando desde pequeños. Desde la primera traición, desde la primera delación escolar para evitar el castigo del profesor. Vamos asumiendo derrotas y renuncias, camuflando debilidades y cobardías. No nos arrojamos al vacío. Sólo suicidamos nuestros sueños y nuestros principios. Y con lo que nos queda seguimos viviendo. Pero cuando el individuo abandona su pasado animal y se torna plenamente racional y coherente; cuando la razón sobrepasa al instinto, el acto suicida resulta inevitable. (Quizás ése fue el suicidio de Chusé).
El superviviente puede tener raptos kamikazes que el instinto de conservación sabe restituir rápidamente. Un trocito más de alma precipitado al vacío a cambio de continuar sobreviviendo.
He pensado en todo ello leyendo, sufriendo, y también llorando con este libro tremendo de Félix Romeo. Quizás más predispuesta porque en el 92 también yo tenía 24 años, verdades absolutas, sueños y principios. Quízás, porque también estudiaba y me reconcomía en una Barcelona preolímpica, ahora tan lejana. Quizás, porque he buscado alguna vez por sus calles los trocitos que percipité al vacío desde algún balcón para poder seguir sobreviviendo. Quizás, porque en esta ciudad que habito tampoco llueve apenas y hay días en que todo parece adquirir un desasosegante tono amarillo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario