sábado, 5 de enero de 2008

La mesa de la cocina

El vecino de al lado, el típico vecino de urbanización que tiene plantada la hormigonera todo el año, ha atravesado su territorio y ha invadido el nuestro. Nos pidió permiso antes, pero ya estaba escrito que venía. Ha puesto una arqueta en la zona de desagüe común de las dos casas (pareadas), la suya y la nuestra. Para evitar que se atasque, dice. Como resulta que el trozo de tubería en cuestión está en nuestro lado ha venido con sus herramientas y sus complementos de madelman-lampista y ha hecho la obra.

En esta urbanización si no tienes una radial, una hormigonera, o unos sacos de cemento, eres un bicho raro. Y eso somos. A veces creo que nos miran mal por cuidar, abonar, regar y cortar la hierba en una superficie preciosa que ellos sólo pueden imaginar embaldosada u hormigoneada. La grama amarillea un poco, pero el jardincillo, con sus flores, sus marquesas y sus setos, resiste bastante bien el invierno, y creo que eso les jode bastante. Esperarían verlo morir para poder soltar la frase que llevan guardando tanto tiempo: "no, si ya te lo dije, demasiado trabajo para nada. Mejor lo embaldosas". Pero el reino vegetal, por suerte, aún está de nuestra parte.
Y los productos químicos anti mosca blanca y otros parásitos, también. Los críos lo agradecen. Juegan a fútbol, se revuelcan y se ensucian de verde y marrón. A veces descubrimos al hijo del vecino de al lado mirando por entre la hiedra que cubre la reja que separa las dos casas. Mira con envidia recluído en su universo de gres y cerámica.

Los chicos pronto volverán al cole. Recogida a las 4,30 y a las 5,00, respectivamente. El desfase de la sexta hora entre los preescolares y los de primaria me mata. Entablo conversación con un par de madres, las pocas con las que hay alguna cosa a compartir, aunque sea siempre sobre niños.
Resulta que son las únicas que coinciden en no ver muy necesario una salida escolar al chiquipark, y que también se echan las manos a la cabeza porque los autocares que llevan a los niños de excursión aún no tienen cinturón de seguridad en los asientos. Eso nos une, pero no conversan sobre otra cosa que no sean los hijos, sus avíos, su eduación o sus cuidados. A veces me agotan. Y no me las imagino hablando de otros temas como sus placeres, sus deseos, o sus frustraciones. - ¡Uy!, ya sale el mayor. Nos despedimos. Hasta mañana.

Desde que el reproductor de CD está en la cocina, me gusta más ese espacio de la casa. Pero no porque me llame ponerme con los fogones. Lo del gusto por cocinar no llega por ósmosis. Continúa sin hacerme gracia pringarme, ponerlo todo perdido - que pena, tan impoluto como estaba- que el sofrito se impregne en el pelo como "eau de cebolla" y que después todo se degluta en un plis plas y, venga, a recoger y a limpiar. El mito de Sísifo se inventó en una cocina. Guisar, primero, limpiar encimerasy fogones, después. Eso unos ocho millones de veces a lo largo de la vida. Se me ocurren mil cosas más interesantes que cocinar. En la propia cocina, incluso: leer, escuchar música, dejar la mente vagar por la nada... Y eso hago salvo cuando ya es inevitable. Supongo que cocino, lo justo, porque hay quien espera el plato en la mesa. A mí me bastaría con las tortitas de maíz, (ésas que han inventado con aspecto de porexpan, pocas calorías y sabor a palomitas), la leche de soja y alguna galleta príncipe de las que se desayunan los críos. Y no quedo nada bien, porque ahora hasta los más modernos, los post-hippys y los macrobióticos alardean de sus capacidades culinarias y de lo bien que les sale tal o cual plato. Por suerte en casa hay quien sí tiene cierto gusto por la cosa y nos salva del tedio gastronómico los fines de semana.

La mesa de la cocina se ha convertido para mí, últimamente, en el mejor santuario de lectura. Llevo varios libros empezados y acabados, en ese mueble del Ikea de pino teñido, al que se le van haciendo muescas y rayas que dejan ver el color original. Antes me gustaba más leer en la cama, pero ahora llego demasiado cansada para sostener el libro. Y se está tan bien a oscuras en ese ratito que precede al sueño. El único momento en el que eres consciente y capaz de saborear el descanso, la suavidad de las sábanas y del cojín, mientras los pensamientos van languideciendo hasta que enmudecen. Y el sueño vence, dulcemente.

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"¿Cómo es el día?, final previsible...en el mundo que me he inventado, todo se mueve con total realidad"

En la mesa de la cocina, con la lavadora de fondo musical, leí ayer algunos poemas de Cristina Peri Rossi

Enfermedad
El médico me preguntó
en qué parte sentía malestar.
"De aquí, del lado de la vida",
le dije,
y no señalé ningún lugar.

Futuro
Me hubiera gustado mucho
vivir en el siglo venidero
cuando la felicidad
sea una menuda píldora
a ingerir
antes de las comidas.

Adicción
No, no quiero drogas.
Desde pequeña
sé intoxicarme sola.

(Poemas del libro Aquella noche. Ed. Lumen, 1996)

Distancia Justa

En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.

("Otra vez eros" 1994)

3 comentarios:

JR dijo...

¡Qué gusto, leer en la cocina!

No se lo digas a nadie -que yo también leo ahí, y el aclarado del lavavajillas me sugiere las cataratas del Iguazú-, pero te agradecería que me/nos echaras una manita aquí.

Abrazos.

El barzal dijo...

Voy enseguida a dejar mi comentario...Me alegra comprobar que no soy tan rara por leer en la cocina.

Espero que hayas tenido un buen comienzo de año.

Un abrazo.

JR dijo...

¡Gracias wapa, tan solícita tú!

Casi estaba solo defendiendo mi postura, y hasta estirao me llamaron :(

He comenzado el año leyendo El Librero de Selinunte, de Roberto Vecchione -en la cocina-, me gusta y ya casi lo acabo.

Abrazos