Como los indios lejos de la reseva, nos reconocemos entre nosotros. Es cuestión de segundos. Un deje, una expresión, una leve entonación, y sobre todo una manera de abordar la conversación, de tratar a las gentes y de mirar. Después de saludar al oculista y cruzar las primeras palabras conté el tiempo que tardaría en preguntar: - Con ese apellido, debes ser de Aragón, ¿no?. Tardó unos 10 minutos. Es la espoleta. En seguida repasas los pueblos y los lugares geográficos del árbol genealógico más inmediato.
-¡Ah!, todos de la zona de Zaragoza. Yo de Huesca.
-Así, fato, pues.
-Sí, sí, fato.
-Pues se te nota el origen en el hablar, me dice
-Supongo que no se pierde nunca, contesto.
Se relaja una mientras el hombre pone más cristales y más gafas ortopédicas, ahora en un ojo, ahora en otro. Se sueltan expresiones comunes, se ironiza al estilo del país: autodestructivamente, y le sabe mal a una despedirse, aunque el hombre ratifique la sospecha de que hay menos vista y, la que hay, más cansada. Se queda el buen cuerpo de un feliz reencuentro. Como si hubieras topado con un ser del mismo planeta que tú a 10 millones de años luz del lugar donde ahora vives, y no con alguien de la comunidad limítrofe, a sólo 2 horas y poco más de coche. Al final, última concesión al paisanaje:
-Bueno, encantado y hasta luego.
-Hasta luego.
Sales de la consulta y te parece que las calles son algo más acogedoras, más cercanas. En esta ciudad también hay de los míos. Están por ahí con los codigos comunes, el humor franco y punzante, el gesto amable y el alma transparente. El día que reconoces a alguno de ellos te parece que no estás tan lejos de los tuyos.
La Ronda de Boltaña, en “Mermelada de moras”, convirtió en canción ese sentimiento que tantos aragoneses emigrantes vivieron al dejar su hogar y su familia para enraizar en el país vecino, en ciudades como Barcelona y su entorno más inmediato. Una nostalgia permanente y a la vez una clara conciencia de pertenecer y amar, también, a la tierra donde vieron nacer a sus generaciones posteriores. A veces creo que, como el carácter, o el color del pelo, ese sentimiento también se hereda. Se lleva en el código genético .
No sé si, de no haber existido esta canción, existiría este blog. Lo que es seguro es que no se llamaría igual.

1 comentario:
Son estupendos los de la Ronda, y me alegro de que la canción animara a tu blog. Dos en uno, estupendo.
Un abrazo
PD: Cuando veo la foto de las moras me entra un hambre increíble. Me encantan.
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