32 escalones
Del portal a la puerta de casa había 32 escalones. Dos tramos de 16 peldaños. Aunque vivíamos en un primero, antes había un entresuelo, ese mundo intermedio en peligro de extinción en los inmuebles de nueva construcción, que ahora tienen escaleras luminosas y materiales cálidos. En los de entonces la baldosa tiraba a tono oscuro, de color indescriptible, y las escaleras comunitarias eran oscuras por definición, sin luz exterior y apenas artificial.
Digo lo de casa, porque he llegado a la conclusión que de las muchas casas que uno o una puede tener como propias a lo largo de la vida, la que más casa es, es aquella en la que se ha criado y ha pasado la infancia. Así, que aquel primero tercera de una céntrica calle de aquella población del extra-radio de Barcelona era mi casa.
Desarrollé la habilidad de contar los escalones y subirlos de dos en dos y a toda velocidad a la vuelta del cole, con la llave colgada al cuello en un cordón de cuero. Había prisa por alcanzar la puerta, la prisa que se tiene cuando se quiere disipar la duda, ahuyentar la preocupación y recuperar la tranquilidad que proporciona el saber que todo está igual que cuando se cerró por última vez. Hubo un tiempo en que contaba muy deprisa, incluso logré superar mi record subiendo los peldaños de tres en tres. En todas las casas siempre hay temporadas en que se suceden los hechos inesperados y desagradables, como si hubieras entrado en un ciclón destructivo que no se acaba. En nuestra familia la temporada fue bastante larga. Hubo ciclón persistente. De hecho, no recuerdo, apenas, temporadas con el tiempo en calma. Así, que la vuelta a casa tenía cada día esa transición de angustia que yo intentaba acortar a base de velocidad en el trayecto. Ganaba de calle al ascensor, así que ni se me ocurría perder el tiempo utilizándolo.
Los pequeños y los grandes dramas familiares se fraguaban en silencio pero un día explotaban con estruendo, como la inundación que provocó la lavadora y que levantó todo el suelo de parquet del salón. Estuvimos unos días con todo tipo de objetos pesados encima de las maderitas para ver si volvían en sí, pero al final hubo que cambiarlo todo. Otro percance económico. Explotaban también las broncas, las idas y las venidas, los llantos, los perdones y los vuelta a empezar. Explotaba la impotencia ante el final de mes. Después de los estallidos sólo me quedaba la incertidumbre. No saber cuándo acabaría de pasar el ciclón y qué nuevos desastres dejaría en su camino. Por eso subía tan deprisa, casi volando, los peldaños. Aún ahora soy incapaz de ir despacio por unas escaleras.
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