lunes, 10 de marzo de 2008

El corazón de R.

R. es un chico sano, divertido, buena gente. Hace unos meses que llegó como becario a la oficina. Es estudiante de una de esas carreras de mucha vocación y poco futuro, todo vitalidad e ilusión. Con su aro en la oreja, sus pañuelos al cuello, look "radikal" y su pegatina contra la monarquía en la carpeta de la Universidad. Pero hoy R. hablaba con un hilillo de voz, como si algo le comprimiera los pulmones y no le dejara sacar aire. Por la mañana me he encontrado un e-mail que ya me avanzaba lo que después he comprobado cuando ha llegado. En el mensaje, R. me decía que su novia, de la que hace tiempo me venía hablando, le ha dejado. Que por eso no vino a trabajar el viernes, porque no se encontraba con ánimo, pero que hoy acudiría puntualmente.

La experiencia en estas cosas sólo sirve para saber qué no debes decir. Así que no se me ha ocurrido decirle que, tranquilo, que ya la olvidará, por no mentirle, básicamente. O que el tiempo todo lo cura, porque tampoco estoy muy segura de éso. Ni que es joven y que encontrará más amores en los muchos años que tiene por delante, porque ahora mismo sé que se siente mayor, muy mayor. Me he limitado a decirle que si necesitaba algo ahí me tenía. Y aquí se ha acabado mi contribución. Le he dejado que se rebozara tranquilo y a gusto en su pena, que es algo tan aparentemente inútil como inevitable. De vez en cuando, lo miraba para intentar infundirle ánimo, sin decirle nada. He visto sus ojillos, más pequeños de lo habitual, perdidos por la pantalla del ordenador. Seguramente andaba repasando conversaciones, encuentros y emociones para atraparlos y evitar que se le escapen de la memoria. He pasado la mañana con la sensación de tener al lado un herido en combate que se estaba desangrando lentamente, sin que yo puediera hacer nada por cortar la hemorragia. Va a tener trabajo estos días la mujer de la limpieza.

Desde que llegó he intentado enseñarle como va el trabajo, corregir los fallos, explicarle qué mejorar. A veces me ha pedido consejo sobre sus estudios, y las posibles salidas profesionales. La ventaja en edad me ha permitido poner o intentar poner algo de luz en sus dudas sobre esas cuestiones. Pero ahora soy incapaz de decirle algo que le pueda ser útil. Me parece que en las cosas del corazón no pasamos de becarios en toda la vida.

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