viernes, 7 de marzo de 2008

Rabia y mujeres que ven mujeres

Ya pensaba ir a votar y eso no ha cambiado. Ya sabía a quien, y tampoco ha cambiado. Sólo ha cambiado que un hombre vivo ahora está muerto. Y eso me da mucha rabia. También que alguien pueda aprovechar la tragedia para alargar un día más la campaña, que se ha acabado a la una y media de esta tarde, como la vida de ese hombre. Pensaba reflexionar sobre el día 8 de marzo y no dejaré que nada cambie éso. Aunque me dé mucha rabia tener que pensar más, mucho más, en ese hombre que no llegará a ver ese día ni ningún otro porque hoy lo han asesinado.

El día 8 de marzo solemos recordar lo que pasó esa jornada en 1908, cuando murieron calcinadas 129 mujeres trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York en un incendio provocado por las bombas incendiarías que les lanzaron ante la negativa de abandonar el encierro en el que protestaban por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo que padecían.
Personalmente tampoco puedo evitar pensar en lo que pasó esa jornada hace cinco años. Un historia mucho más cercana. Un día como ése, el 8 de marzo de 2003, una mujer a la que conozco bien acudió a un acto de conciliación laboral con su empresa para intentar lograr la mejor indemnización posible tras ser despedida. Fue el final de una larga agonía de presiones y malestar en el trabajo, que empezó cuando intentó conservar su horario laboral para hacer eso que tanto gusta ahora reivindicar a la administración y a los empresarios modelo: compatibilizar la vida laboral y familiar. La cosa acabó con una carta de despido presentada por el responsable del área de recursos humanos de la empresa expresamente venido desde Madrid, sin aviso previo, para comunicar la decisión. Ese mismo responsable le dijo a esa mujer que lo de su embarazo era un pequeño inconveniente, pero que el despido continuaba en pie. Me consta que ella tuvo suficientes arrestos como para replicar que aquello no era un pequeño inconveniente, sino su hijo. Esa mujer que había dejado 12 años de su vida en aquella empresa, regalado horas, días y noches, esfuerzos, energias e ilusón, decidió no llevar a los tribunales a sus jefes por acabar cuanto antes con su particular calvario, por dejar de poner en riesgo su salud mental y física en un momento especialmente delicado. Sé que aún recuerda con tristeza e impotencia todo aquello. Incluso que lamenta no haber paseado por los tribunales y por la vergüenza pública a su empresa. Y tambien, que cree que ninguna indemnización económica puede resarcir el daño moral y emocional que sufrió. Por eso, el día 8 de marzo pienso en esa historia, sólo una de las muchas que se producen a diario, algunas parecidas y otras mucho peores. Aunque a menudo parezcan invisibles a los ojos de la mayoría. No a los míos. Soy una mujer que piensa en esas historias y en esas mujeres, y que las ve. Aunque me inunde la rabia, como hoy.

1 comentario:

JR dijo...

Un siglo después: la mayoría de mis compañeras son chicas y trabajan con un salario desigual para una misma labor.

¡No es justo!

Besos