Memoria
Hace días que escribí esto. El fin de semana pasado, justo después de hablar con mi madre. Volvió a recordarme esta historia, su historia, la historia de todos. Cuando se maneja material sensible, íntimo, privado y doloroso, una teme no estar a la altura, banalizar, o provocar malestar, o peor aún, más dolor. Al fin, he decidio ponerlo aquí, porque me parece que es igual el soporte en el que se lean las palabras siempre que éstas se digan y siempre que queden, en algún lugar escritas y, en alguna memoria, recordadas.
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Los obligaron a salir de noche para cavar una fosa en el barranco de La Nava. Los muertos, los fusilados, no eran del pueblo. Los traían de Ateca. Antes de enterrarlos, alguien dijo:
- Hay que avisar a la Luciana. Han matado a su hermano.
Lo conocían de haberlo visto con su hermana, en las fiestas, tocando la guitarra… Cuando lo enterraron cubrieron su rostro con un cesto de mimbre para poderlo reconocer y marcaron el lugar con unas piedras. Ricardo no se fue al monte con otros compañeros del Ayuntamiento de Ateca porque tenía seis hijos y su mujer había muerto. He oído a mi madre y a mi abuela reproducir muchas veces sus palabras y su razonamiento:
- Si yo no he hecho más que trabajar por el pueblo, y tengo seis hijos que no tienen madre. ¿Cómo me voy a ir?, ¿cómo los voy a dejar solicos?.
Y lo fueron a buscar. Y lo mataron.
Explica mi madre que su abuela Luciana imploró al cura, Mosén Toribio, que le dejara sacar el cuerpo y enterrarlo en el cementerio. Pero Mosén Toribio se negó. No era extraño, teniendo en cuenta su consentimiento explícito a las acciones de los matones y matarifes del pueblo que decidían a quién había que ir a buscar, o a quién, simplemente, había que arruinar y dejar sin medio de vida. La connivencia del cura de Morata de Jalón en todos esos episodios propició que los fusilamientos fueran muy numerosos en esa localidad.
“Igual padres que hijos”, me recuerda mi madre. “También chicos de 16 años”.
La abuela Luciana no volvió a pisar una iglesia en toda su vida. Entre varios familiares se hicieron cargo de los hijos de su hermano Ricardo. Paquita fue a vivir con ella y con sus primos, entre ellos, mi abuelo.
Durante mucho tiempo, viviendo ya en Zaragoza, Paquita no dejó de ir al barranco de La Nava cada aniversario del fusilamiento de su padre. Dejaba flores en el punto exacto donde sabía que estaba enterrado su cuerpo, a pesar del riesgo que suponía en pleno franquismo ese gesto.
Un día, corrió por el pueblo que los desenterraban, que se los llevaban al Valle de los Caídos. Era tarde y, sin teléfonos ni ningún otro medio, mi abuelo cogió el primer tren a Zaragoza para avisar a su prima. Llena de rabia y de indignación, aún llegó a tiempo de volver a ver a su padre. Sus restos. Con el cesto de mimbre. Sin sus gafas de montura dorada. Sin su estilográfica. Ya no volvió a saber más de él. No hay ninguna señal que lo identifique en el ingnominioso monumento franquista al que lo trasladaron sin que su familia pudiera hacer nada por evitarlo.
-“Da gustico hablar con mi tía Paquita”, me dijo mi madre hace sólo unos días. “Aún tiene la cabeza tan clara…”.
Paquita recuerda y razona, con más de 90 años, con la misma claridad de siempre. No entiende que los que aún tienen piedras, cruces y señales en los barrancos no puedan desenterrar a los suyos para que descansen con nombre y dignidad. Algo que ella, finalmente, no pudo hacer. Bajo muchos caminos perdidos y muchas cunetas yacen muchos Ricardos cubiertos de tierra y de décadas de olvido oficial. Fueron asesinados y no ha habido castigo para sus verdugos en este país de puntos finales, miedos y silencios. Ni si quiera hay reposo digno para ellos, el último consuelo de sus familiares. ¿Qué clase de país, qué clase de justicia, qué clase de democracia es la que no lo permite?.
Ricardo no quiso dejar solos a sus seis hijos, y lo mataron. ¿Y nosotros?, ¿vamos a dejarlos solos a ellos en cualquier terraplén de las afueras de cualquier pueblo de este país que parece querer enterrar, también, la memoria?. La memoria no se puede enterrar. Cuando se extinga la de Paquita quedará la de sus hijos y sus sobrinos, la memoria de mi madre, y la mía, y después la de mis hijos, a los que también se lo explicaré. Los políticos, los jueces y los obispos deberían saber que la memoria, ni se entierra, ni prescribe.
3 comentarios:
"¿Qué clase de país, qué clase de justicia, qué clase de democracia es la que no lo permite?.
Ricardo no quiso dejar solos a sus seis hijos, y lo mataron. ¿Y nosotros?, ¿vamos a dejarlos solos a ellos en cualquier terraplén de las afueras de cualquier pueblo de este país que parece querer enterrar, también, la memoria?. La memoria no se puede enterrar."
Me ha costado leerlo, incluso he tenido que parar un par de veces. Me ha emocionado. Y como bien dices la memoria no se puede enterrar.
Un beso con memoria,
M
Cuando conoces de primera mano historias como la que has escrito... la memoria no se puede enterrar.
Particularmente, sólo conozco las historias de la depuración de los maestros...escalofriante. Hay una de una maestra de la zona de las Cinco Villas, que me viene en sueños, más bien en pesadillas algunas noches...
No, no debemos ni podemos enterrar la memoria. Por JUSTICIA y DIGNIDAD.
...
Ayer me acordé de ti, en el homenaje a Labordeta. Me acordé de todos los que sabía que hubieran sido felices acompañando a quien nos ha hecho compañía durante muchos ratos de nuestra vida. Conocí en persona a Marta y nos achuchamos con alegría.
Fui feliz.
Un abrazo Montse.
No sabes, Mamen, cuánto me hubiera gustado estar ahí. Bien, veo que sí lo sabes. Y disfrutar de y con la voz y la persona que, no sólo nos ha acompañado tantas veces, sino que nos ha servido de asidero y de brújula para reubicarnos cuando nos hemos desorientado. Y poderte conocer... y a Marta. Jo, ¡cuántas cosas me perdí en una sóla noche!. Ando resiguiendo el rastro de las crónicas blogueras del acto. Y ya he visto la de Marisancho (en su blog Inde). Y la París cantando la Albada... Y yo a más de 200 kilómetros.
Un abrazo muy fuerte.
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