En casa éramos de mucho cantar. Mi madre cantaba en una coral, y cualquier momento era bueno para cantar. Cantábamos incluso en las peores épocas: las de final de mes incierto y borrascas familiares. Cántabamos juntos -unos mejor, otros peor- pero todos a la vez, en esos viajes épicos con nuestro heroico Dyane 6, subiendo los altos de l'Albi y Vinaixa, y el de Fraga, con más voluntad que potencia. Cantábamos casi para empujarlo. Igual una canción infantil del cole, que alguna del repertorio de la coral de mi madre. Igual una jota, que el canto a la Libertad... Y éramos felices. Como si cantando a pleno pulmón nos dijéramos: aquí estamos, tan ricamente, ¿y qué os creíais, pues?.
"Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar".
Memorias de mis putas tristes. Gabriel García Márquez (Mondadori, 2004)
Sigo cantando a todas horas: en la cocina, en la ducha, en el coche... en el coche, un montón. Incluso a las siete de la mañana, de camino al trabajo. Cambio las noticias deprimentes de la radio por algún cd, y a cantar. Como una posesa. Llego al trabajo con high battery.
Cantar ensancha los pulmones, abre todos los poros, orea el corazón, y el alma respira mejor. De lo más recomedable para empezar el día, para ser feliz -o intentarlo- y para decirse a una misma: ¿y qué os creíais, pues?
Seguro que alguna Universidad americana habrá hecho algún estudio que diga que cantando se libera alguna sustancia química capaz de explicarlo. Pero, ni los razonamientos científicos ni los procesos químicos pueden describir todas las sensaciones que conlleva el hecho de cantar. Y, por supuesto, "quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar".
Canta, compañero, canta
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