Cuando llegué a la ciudad que habito, ya hace un montón de años, me fui a un centro de asistencia primaria con mi cartilla de la seguridad social para tener médico de cabecera y constar como paciente en algún registro, pedir visitas y esas cosas. La enfermera del mostrador de información estuvo un rato introduciendo mis datos en la pantalla, esperando, torciendo el gesto, hasta que, al final, me miró y me espetó convencida: -tú eres desplazada. Me sonó a reproche, como si hubiera intentado estafarla y ella hubiera dado con el engaño. Después de algunos segundos de desconcierto, pensé que, sí, que en realidad la enfermera tenía razón. Ni más, ni menos. Sin conocer a nadie, sin amigos, sin comprender bien los mecanismos del trabajo, de la ciudad, de las gentes... desplazada. Éso era entonces en aquel edificio de consultas, y en aquella ciudad .
Con el tiempo, he comprendido que encontrar el sitio de uno o de una no tiene que ver con espacios geográficos concretos, ni siquiera con el tiempo que residamos en ellos. Puede que nuestro verdadero lugar sólo lo hallemos en la complicidad, en la mirada, en los brazos y en los besos de las personas que queremos. Cuando los sentimos cerca, estamos en casa. Cuando nos faltan, vamos por la calle con una profunda sensación de desarraigo, de estar fuera de lugar. Sintiéndonos eso: desplazados.
1 comentario:
A veces, incluso, ni siquiera tiene que ver con tus raíces, las viejas, sino con las que vas haciendo crecer bajo tus pies de nuevo.
Lo importante es no llegar a vivir ese auténtico desarraigo: el de no sentir cerca a nadie.
Publicar un comentario