
Cierto, fue modélico, pero para ellos: para los torturadores, los asesinos, los cerebros de la represión y los ejecutadores del miedo. Lograron sobrevivir indemnes a la desaparición de su régimen dictatorial y se acomodaron en aquello que venía irremediablemente y que llamaban democracia. Y lo hicieron sin que hubiera contra ellos dedo acusador, sin jucio, sin castigo. Impunes.
La impunidad de sus crímenes resulta tan vomitiva como la impunidad con la que han seguido paseando su ideología fascista, sus símbolos, sus cargos a medida, su sueldos públicos. No habiendo castigo ni condena por sus actos, no ha habido justicia ni reparación para las víctimas. Y tampoco ha habido algo tan necesario como la vergüenza colectiva por lo sucedido. La reprobación judicial era el paso previo y necesario para la condena pública moral. No la hubo, y por ello no ha habido lección aprendida y el tiempo les ha dado nuevas alas, como si la ausencia de acusación y de castigo fuera una especie de legitimación del horror. Error. Horror. No. No se puede legitimar el crimen como no pueden quedar impunes el asesinato y la tortura.
Ahora, los ideólogos del fascismo sí pueden acusar -macabra ironía- a aquellos que intentan poner luz en los crímenes del franquismo. El despropósito es tan esperpéntico y desmesurado, que no hace más que poner de manifiesto lo inevitable: la transición modélica se hunde en el lodo. El tiempo vuelve a la superficie lo que yacía escondido bajo las aguas turbias del silencio y el punto final. La mierda, su mierda, emerge y flota en la superficie. Y hay mucha mierda, tanta, que no se puede tapar ni esconder. Ni se debe. Y esta vez no vamos a dejar que nos engañen como a nuestros padres. Por la dignidad de las víctimas y por nuestra propia dignidad.
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