jueves, 12 de agosto de 2010

El hilo mental

Miras por la ventana tres o cuatro mil veces, según se cuente, pero las nubes grises han ocupado el cielo y el sol no se deja ver. Y cuando empieza la tormenta recuerdas los consejos de la tele y de tu madre sobre que hay que apagar todos los aparatos, que vale, pero que el portátil ni hablar, que además tienes descargando una peli infantil para el pequeño y si al ordenador tiene que partirle un rayo, pues mala suerte, era su destino, y al Mediamarkt al día siguiente. Y mientras cae el agua al estilo monzónico, te da por pensar cosas sin sustancia como que parece mentira la mierda que se acumula en las cunetas de las carreteras, que en coche no se nota tanto, pero corriendo se ve hasta el paquete de ducados que alguien tiró allí en el 76 y la bolsa de pipas grefusa, ¿por qué las harán sin sal? si lo mejor es que duela la lengua de salada y que se ponga el morro encendido.

Saliendo del trabajo el viernes te echarás otra vez a la carretera, pero en coche, y alargarás el trayecto unas decenas de kilómetros más allá y volverás a comprobar cómo el desastre de urbanizaciones de los sesenta sigue deteriorándose adecuadamente en esos municipios amputados a lado y lado de una carretera que pide a gritos una palada de asfalto, un pegote más de arcén, y menos peatones suicidas que se lanzan, hamaca plegable en mano, a cruzar por la nacional, que para qué van a ir hasta el paso subterráneo, con el gustico que da la brisa de los coches pasando a milímetros del cuerpo y poder gritar: ahora, ahora, que nos da tiempo, con amagos de corridilla en chancla playera.
Que lo mejor es circular por la nacional, que si vas por la autopista, además de pagar, te pierdes el espectáculo, y tampoco puedes ver pasar en cortinilla los apartamentos desconchados de toalla en el balcón, los puticlubs de nombre tropical y las naves-tienda de pinturas, que, o la gente pinta mucho, o alguien calculó mal las posibilidades del negocio, que hay casi tantas como rotondas que nadie respeta porque no hay norma que supere el que yo corro más y por mis pitos que llego antes y me salgo sin intermitente, que no tengo el gusto de conocerlo.

Pero que es un placer porque, como en el asiento del coche, no se descansa en ningún lado, que no hay silla ergonómica que coja mejor la riñonada, y con el aire acondicionado y el cedé, ya de vicio. La cebra que pasa un semáforo y como se desmonta un bidé... cantarán los Antonia Font, y tú sonreirás al llegar a la última rotonda pensando que no pueden ser tantos días nublados, que esto es el Mediterráneo y verano, y que seguro que cuando menos lo esperes sale el sol. Un llapis d’Ikea, un pistatxo... wa-yeah!

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