Hay en las tardes de los domingos un sabor a desazón, a deberes escolares inacabados, y a abandono. A vértigo, ante la obligación que impone el lunes y ante el inevitable reencuentro con lo cotidiano y sus conocidas rutinas e insatisfacciones. Hay también una especie de acobardamiento que te llevaría a decirle a tu madre que no puedes ir al cole, que tienes fiebre. Que alguien llame al trabajo, por favor, para excusar tu ausencia y poderte quedar arrebujado en la cama con tus melancolías y una manta como las de antes, grande y pesada con la que taparte hasta las cejas (los nórdicos no valen para eso) .
Las tardes de los domingos huelen a colada recién planchada, perfectamente doblada en montocitos, esperando a ser guardada en los armarios. Y suenan a bolero. A bolero triste, que no deja de ser una redundancia.
Acecha el lunes y nada ha cambiado durante el fin de semana. Los domingos por la tarde se palpa la desilusión y el desencanto. No ha obrado milagro alguno por el hecho de ser festivo. Vuelve, sin remedio, lo mismo que dejamos el viernes.

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