Condición humana
Las tragedias sacuden nuestros instintos, los más primarios, los de conservación y supervivencia, la propia y la de los más cercanos. Cuando tenemos noticia de un suceso dramático, como el desastre aéreo de Madrid, resulta inevitable repasar mentalmente fechas, vuelos y viajes de aquellos que nos son más próximos. Son segundos, o tal vez minutos de pánico y desazón hasta que se van descartando destinos, itinerarios y aeropuertos. Recuperamos entonces la tranquilidad, y cuando comprobamos que, no, que es imposible definitivamente que ellos estén entre las víctimas, sentimos una impúdica y vergonzosa alegría en medio de tanto desastre y tanta vida destrozada. Pero no era nuestra vida ni la de los que más queremos. La preocupación y el alivio, la desgracia y la fortuna coinciden y envuelven la misma tragedia. Después vendrá la solidaridad con el dolor de los desconocidos, sentida y real, pero será después.
El instinto de conservación y la permanente contradicción , inherentes al género humano, se abren paso sin disimulo en situaciones límite. ¿Pero puede alguien reprochárnoslo?. Quizás no haya nada más coherente que comportarnos de acuerdo con nuestra propia condición y especie. Con nuestras contradicciones y sin heroicidades. Simplemente humanos.
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