sábado, 14 de febrero de 2009

Las delicias de nuestras presadumbres

La fecha es la excusa. Me apetecía saborear estas perlas literarias sobre ese estado que tantos coinciden en considerar la fuente de mayor gozo y a la vez de mayor sufrimiento y que, aún así, la humanidad no deja de buscar. Que por algo debe ser.

Siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética. Aquella tarde, de regreso a casa otra vez sin el gato y sin ella, comprobé que no sólo era posible morirse, sino que yo mismo, viejo y sin nadie, estaba muriéndome de amor. Pero también me di cuenta de que era válida la verdad contraria: no habría cambiado por nada del mundo las delicias de mi pesadumbre.

Gabriel García Márquez.
Memorias de mis putas tristes

... perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama. Pero cuando empezó a esperar la respuesta a su primera carta, la ansiedad se le complicó con cagantinas y vómitos verdes, perdió el sentido de la orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado no se parecía a los desórdenes del amor sino a los estragos del cólera. El padrino de Florentino Ariza, un anciano homeópata que había sido el confidente de Tránsito Ariza desde sus tiempos de amante escondida, se alarmó también a primera vista con el estado del enfermo, porque tenía el pulso tenue, la respiración arenosa y los sudores pálidos de los moribundos. Pero el examen le reveló que no tenía fiebre, ni dolor en ninguna parte, y lo único concreto que sentía era una necesidad urgente de morir. Le bastó con un interrogatorio insidioso, primero a él y después a la madre, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera. Prescribió infusiones de flores de tilo para entretener los nervios y sugirió un cambio de aires para buscar el consuelo en la distancia, pero lo que anhelaba Florentino Ariza era todo lo contrario: gozar de su martirio.
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El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida -dijo.

Gabriel García Márquez.
El amor en los tiempos del cólera
Hace un par de años se hizo una película basada en esta magistral novela de Gabriel García Márquez (el mejor, sin dudarlo) sobre los avatares del amor incombustible de Florentino Ariza y Fermina Daza. Un texto demasiado hermoso y maravilloso para llevarlo al cine sin morir en el intento. Me quedo con su banda sonora.

2 comentarios:

Mamen dijo...

Qué bonitos los textos de Gabriel que has destacado de su obra...Los síntomas del amor son los síntomas del cólera...pues sí ¿verdad?...¿Y hasta cuando?...toda la vida... Florentino lo dijo de una forma real y hermosa...toda la vida.
¡Ayyyyyy! Qué bonito es el amor todos todos los días y a cualquier edad.¿Qué sería de nosotros sin esa pasión y locura que te hace despertar cada mañana con una sonrisa y una esperanza?
¡Anda que no me pongo yo ahora romántica ni ná...menos mal que ya se acaba este día jaja
Un abrazo.

entrenomadas dijo...

Ay, pero qué romanticonas estamos.

Kisses,

M