Tuve tiempo de evaluar los daños que se aproximaban y de pedir al santo patrón de los que corren que no me quedara muy magullada ni estéticamente muy estropeada. Qué le voy a hacer, de eso también se ocupó mi cerebro.El santo fue bastante benévolo y el camino y yo hicimos un intercambio justo. Le deje un poco de mi piel y me llevé algo de tierra en la herida. Estamos en paz. Espero no tener que volver a hacer tratos con él en algún tiempo.
El cuerpo humano es frágil, pero también obstinado. Nos rasgamos a la mínima, nos amoratamos al primer golpe y, aun así, a pesar del riesgo de caernos y de herirnos, nos empeñamos en querer seguir corriendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario