lunes, 19 de julio de 2010

Fragilidad y firmeza

Me caí. Me hice daño. Una buena rascada y un par de moratones. En realidad, poca cosa para la velocidad a la que corría y para la superficie de tierra y piedras que me esperaba con los brazos abiertos. No le defraudé. Caí cuan larga soy (que es poco, cierto) y toda yo quedó boca abajo. Es curioso lo que llegan a dar de sí las décimas de segundo que te separan del tropezón inicial a la posición horizontal final. Tuve tiempo de evaluar los daños que se aproximaban y de pedir al santo patrón de los que corren que no me quedara muy magullada ni estéticamente muy estropeada. Qué le voy a hacer, de eso también se ocupó mi cerebro.
El santo fue bastante benévolo y el camino y yo hicimos un intercambio justo. Le deje un poco de mi piel y me llevé algo de tierra en la herida. Estamos en paz. Espero no tener que volver a hacer tratos con él en algún tiempo.
El cuerpo humano es frágil, pero también obstinado. Nos rasgamos a la mínima, nos amoratamos al primer golpe y, aun así, a pesar del riesgo de caernos y de herirnos, nos empeñamos en querer seguir corriendo.

No hay comentarios: