Qué quieren, a mí me sigue dando repelús. Lo de la banderita por todas partes, quiero decir. Con toro, sin toro, con escudo... En realidad le deberían poner una imagen del pulpo alemán ése que adivinó que sus compatriotas perderían y consiguientemente vendría la fiebre del fervor patrio, que a mí me da tanta grima. Aunque ni con pulpo me gustaba.
Qué quieren, esa bandera yo no la siento como propia. Supongo que por muy constitucional, legal y fraternal que sea, a mí me cuesta no asociarla a otros tiempos, ésos más oscuros en los que se apagaron las tricolores. Sí, le falta el lila. A la bandera, digo. Y a mí me sobra tanta euforia desatada, tanto exabrupto genital y tanta exaltación patriotica. Y no digo que el equipo no lo haga bien, que no sean unos excelentes profesionales con gran calidad que se mercen lo mejor. Pero el atrezzo que se acompaña me está de más.
Me parece que para mostrarse orgulloso de un país hace falta mucho más que ganar en una competición de futbol por mundial que sea. Un país valiente que no cerrara los ojos a la justicia, a la solidaridad, a su memoria, a las voces distintas que lo habitan, a sus necesidades presentes... quizás un país así sí merecería que nos exaltáramos y que agitáramos su bandera. Incluso simplemente cuando once jugadores de futbol hacen bien su trabajo.
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Esta semana, concretamente el pasado martes, 6 de julio, se cumplieron 25 años de un acontecimiento de ésos que se recuerdan a lo largo del tiempo. Curiosamente pasó en un estadio del futbol. No había vuvuzelas y sí miles de lucecitas de mechero, y la fortuna -y una hada buena- quiso que servidora estuviera allí. Lluís Llach cantó en directo en el Camp Nou en un concierto emocionante y memorable ante más de 100.000 personas.
Sí, cada uno tiene su particular ranking de cosas de las que enorgullecerse, y yo puedo decir que estuve allí, que vi a Laura Aymerich llorar y dejar de tocar la guitarra cuando Llach cantaba Laura, que escuché casi aguantando la respiración las voces de Maria del Mar Bonet y Marina Rossell interpretando juntas con Llach el Cant de l'enyor y que se me encogió el alma cuando el estadio en pleno cantó a coro Abril 74.
25 años dan para mucho en una vida y las canciones que se escuchan con 17 años siguen emocionando un cuarto de siglo después pero con el tiempo ganan en sentido y profundidad. A veces, hace falta que pase todo ese tiempo para comprenderlas plenamente. Llach aún no había compuesto hermosas canciones que vinieron después, pero para entonces tenía ya un amplísimo bagaje de melodías y letras con las que alimentar todas esas almas que le escuchábamos en el Camp Nou y también todas las que no estaban allí.
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